San Juan Bautista

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lunes, 19 de enero de 2026

Liberalismo o Socialismo - Alejandro Sosa Laprida

          

LIBERALISMO O SOCIALISMO

La falsa disyuntiva en la que vive Argentina

Alejandro Sosa Laprida - 30/12/2025

Javier Milei en la última reunión de Gabinete, en la que regaló una copia del libro “Defendiendo lo indefendible”, del economista libertario Walter Block (El Presidente Milei encabezó una reunión de …)


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Los libertarios son ignorantes crasos de los sanos principios de la filosofía política clásica, y ni hablar de la doctrina social de la Iglesia. Su incultura es abismal y su simplismo intelectual, grotesco. El libro “Defendiendo lo indefendible”, de Walter Block (Prostitución, narcotráfico, derecho al aborto y …), que promueve estúpida, fanática e irresponsablemente el presidente Javier Milei junto con todo su gabinete,  es totalmente contrario al bien común social y a la moral más elemental (La hipocresía y la impostura provida como política de Estado).

En él se hace la apología del “libre mercado” como la norma suprema de la sociedad, lo que es una aberración antropológica absoluta. La noción del “bien común” social -que incluye ante todo el bien moral de la población, además del legítimo y necesario bienestar material-, brilla por su ausencia. Sólo se considera perjudicial para el ser humano -y, por tanto, merecedor de la intervención protectora del Estado- el daño corporal, haciendo completa abstracción de los comportamientos perniciosos que atentan contra los valores morales, deterioran el vínculo social y socavan los valores básicos sobre los que se funda la civilización. Aunque el autor, con total incoherencia, no aplica su principio al caso del aborto.

Criticar el socialismo en todas sus variantes (“kirchnerismo”, “progresismo”, “wokismo”, etc.), está muy bien. Pero proponer a cambio el delirante “anarcocapitalismo” -suerte de liberalismo exacerbado y distópico-, con su visión distorsionada sobre la libertad, la naturaleza de la sociedad y la función del Estado, es un gravísimo error, de nefastas consecuencias, que necesariamente reforzará el discurso engañoso de la izquierda, que se autoproclamará como siempre defensora de los “valores comunitarios” y de la “solidaridad social” contra el disolvente individualismo liberal y el atomismo social que éste engendra inevitablemente.

La Argentina se halla desde hace tiempo en una espiral infernal de la cual no hay salida posible. Es indispensable cortar el nudo gordiano falaz que presenta como única opción de gobierno y de organización política al funesto dúo revolucionario y anticristiano integrado por el “socialismo” y el “liberalismo” -en lo que constituye una dialéctica intelectual destructora, interminable e insoluble-, y volver a la fuente de nuestro ser nacional, es decir, a la tradición cristiana e hispánica de nuestra Patria.

Seguidamente, transcribo dos textos históricos que, indirectamente, se relacionan con el tema, y que ayudan a comprender cómo la Argentina ha podido llegar a esta situación inextricable, política, social, económica y espiritualmente hablando.

Obviamente, a esto habría que añadir otro factor clave, a saber, la situación en la que se encuentra el catolicismo vernáculo, la cual está ligada indisolublemente a la de la Iglesia universal, pero eso debe ser tratado en un capítulo aparte (Ver al respecto: LA RELIGIÓN DEL HOMBRE.).

1. “El Catolicismo Federal Argentino frente al Laicismo Unitario: un Conflicto Histórico y Cultural.”  - Por Ezequiel Britos San Martín.

En la Argentina del siglo XIX, el catolicismo fue mucho más que una religión: fue el alma del proyecto federal. Frente a ello, los unitarios abrazaron un laicismo militante inspirado en el racionalismo europeo y la Revolución Francesa, buscando arrancar de raíz la influencia de la Iglesia en la vida pública. El choque no fue sólo político, sino profundamente cultural y espiritual.

Los caudillos federales -Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga, Estanislao López y tantos otros- comprendieron que sin religión no hay orden, ni patria, ni verdadera autoridad. En un país en formación, el catolicismo era la fuerza moral que unía al pueblo y daba legitimidad a las instituciones. Rosas, aunque pragmático, entendió el valor simbólico y social de la fe, protegiendo el culto y sosteniendo la enseñanza religiosa en las provincias.

Del otro lado, los unitarios -formados en el clima intelectual de la Ilustración- veían en la Iglesia un obstáculo para sus planes centralistas y modernizadores. Bernardino Rivadavia, el más representativo de ellos, promovió la supresión de órdenes religiosas, la confiscación de bienes eclesiásticos y la creación del registro civil. Inspirado en modelos extranjeros, intentó imponer una visión secular del Estado, marginando a la religión que había moldeado la identidad argentina.

Estas reformas provocaron una fuerte reacción en el interior. Facundo Quiroga, caudillo riojano, alzó la bandera de “Religión o Muerte”, una consigna que no era mera retórica, sino la expresión de un pueblo que veía amenazadas sus raíces. El interior católico se levantó contra el centralismo laicista de Buenos Aires, defendiendo sus costumbres, su fe y su modo de vida.

La masonería tuvo también un papel protagónico en este conflicto. Muchos unitarios -incluidos Rivadavia y Sarmiento- pertenecían a logias inspiradas en principios racionalistas y anticlericales. Desde allí se impulsaba la idea de una nación “moderna”, desligada de toda autoridad espiritual. Para los federales y el clero, esta influencia extranjera representaba una amenaza directa a la soberanía nacional y a la tradición católica del pueblo.

En el pensamiento de Sarmiento, el enfrentamiento se hizo más explícito: el gaucho, símbolo de la religiosidad y del orden natural del campo, fue degradado a emblema de la “barbarie”. Así, la lucha entre civilización y barbarie fue también -aunque no lo dijeran abiertamente- una lucha entre el espíritu católico del pueblo y el espíritu laicista de las élites ilustradas.

En definitiva, el conflicto entre federales y unitarios no se limitó a disputas de poder o de economía. Fue una batalla de visiones: entre una Argentina fiel a su tradición, su fe y sus raíces hispano-católicas, y otra que buscaba modelarse según los patrones extranjeros del liberalismo y el secularismo.

A más de un siglo y medio de aquellos acontecimientos, aquel choque entre tradición y modernidad aún resuena en nuestra vida pública. Las mismas tensiones -entre fe y razón, entre pueblo e ilustrados, entre patria y cosmopolitismo- siguen vivas en el debate sobre la identidad nacional argentina.

Fuente: El Catolicismo Federal Argentino frente al Laicismo Unitario


2. CASEROS: LA TRAGEDIA MAYOR DE LA PATRIA. - Por Revisionismo Histórico Argentino.


LA DERROTA QUE NO FUE SOLO MILITAR

Hace más de siglo y medio se vino abajo algo mucho más profundo que un gobierno o un ejército: se derrumbó el último intento serio de construir una PATRIA GRANDE, SOBERANA Y AUTÓNOMA en el sur del continente. Ese proyecto no nació de una consigna romántica ni de una voluntad personal, sino de una realidad histórica concreta: el VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA, concebido como una unidad política, económica y estratégica destinada a defender Sudamérica de las potencias marítimas.

En Caseros no se perdió solo una batalla. Se quebró un destino continental. El 3 de febrero de 1852 no marcó simplemente la caída de Juan Manuel de Rosas: marcó el triunfo definitivo del orden liberal dependiente, funcional al comercio británico y al expansionismo brasileño.

EL PROYECTO GEOPOLÍTICO DEL PLATA

La unidad rioplatense no fue un invento rosista. Venía de lejos. Desde Irala, Garay, Hernandarias, Trejo y Sanabria, se consolidó una concepción estratégica clara: el Plata debía ser un espacio integrado, con control del comercio, de los ríos y de la defensa territorial.

La creación del Virreinato en 1776 respondió a esa lógica. Y ese mismo principio -ya en clave criolla- sobrevivió en los caudillos federales y encontró en Rosas su última expresión orgánica. No es casual que José de San Martín, desde el exilio, escribiera en 1848, en plena agresión anglo-francesa:

“Rosas es el único hombre que sabe resistir a la Europa, y el único que puede salvar la independencia americana.”

LA PATRIA QUE SE FUE ACHICANDO

Antes de Caseros, el territorio ya venía siendo descuartizado. Paraguay quedó aislado tras la revolución del Dr. Francia, más por el abandono porteño y la presión externa que por voluntad popular. El Alto Perú fue entregado de hecho por el Congreso rivadaviano de 1824, que bajo la fórmula de “disponer de su destino” habilitó su separación.

La amputación más brutal llegó en 1828, cuando Gran Bretaña impuso la creación del Estado Oriental como estado tapón entre Argentina y Brasil. Lord Ponsonby lo expresó sin eufemismos ante el Foreign Office: la independencia oriental era necesaria para servir a los intereses del comercio inglés.

Artigas lo había advertido en 1813 con claridad absoluta: “Ni por asomo la separación nacional.” Lavalleja habló en 1825 a los “argentinos orientales”. La Asamblea de la Florida exigió la reincorporación. Pero Londres decidió otra cosa.

ORIBE, ARROYO GRANDE Y LA RESISTENCIA DEL PLATA

Pese a las amputaciones, la conciencia rioplatense persistió. La resistencia se expresó con fuerza en Arroyo Grande, donde Manuel Oribe derrotó el proyecto balcanizador impulsado por Rivera y Berón de Astrada bajo el nombre engañoso de “Federación del Paraná”.

Ese plan respondía a la vieja estrategia británica de fragmentar para dominar. Rosas lo comprendía con claridad cuando advertía que la desunión era la verdadera derrota, porque hacía imposible cualquier política autónoma frente a los imperios.

EL VACÍO DE PODER Y LA OPORTUNIDAD IMPERIAL

Entre 1847 y 1848 Europa estaba sacudida por revoluciones. Francia, Inglaterra y Austria atravesaban crisis profundas. Ese vacío fue aprovechado por el Imperio del Brasil, que reactivó su vieja obsesión: la “ilusão do Prata”, la expansión hacia el sur. Brasil no actuó solo. Londres financiaba, asesoraba y legitimaba.

La banca Rothschild aportó recursos. Lord Palmerston consideró “legítima” la exigencia brasileña de la caída de Rosas. Rosas era el último obstáculo serio al libre comercio irrestricto, a la navegación sin control de los ríos y a la fragmentación definitiva del espacio rioplatense.

URQUIZA Y EL PRONUNCIAMIENTO

En ese contexto apareció Justo José de Urquiza. No fue un ingenuo ni un reformista: eligió el bando del dinero. Aceptó subsidios, la libre navegación, la apertura al capital extranjero y el respaldo internacional. Encabezó el Pronunciamiento contra su propio país.

Mientras tanto, en el Estado Oriental se compraban jefes y se desactivaba a Oribe. En Buenos Aires, incluso en Santos Lugares, operó el soborno. Las banderas de “Constitución” y “Libertad” se pagaban en libras esterlinas.

CASEROS Y EL DESTINO SELLADO

Caxias, Urquiza y César Díaz cumplieron la orden. La batalla fue breve, desigual y confusa. Y Caseros selló un destino sin retorno. Cayó el último poder fuerte del sur. Brasil consolidó su hegemonía. Se abrió el camino para la destrucción del Paraguay. Se cerró el ciclo de Juan Manuel de Rosas, uno de los mayores defensores de la Patria Grande Iberoamericana.

EL ARREPENTIMIENTO DE URQUIZA

Lejos de ser una construcción posterior, el arrepentimiento de Urquiza surge de sus propias palabras, expresadas a lo largo de su vida. El vencedor de Rosas descubrió rápidamente que el triunfo no era un punto de llegada, sino el inicio de una derrota política humillante.

Apenas entró en Buenos Aires comprobó que el poder real se le escapaba entre las exigencias extranjeras, las presiones brasileñas y el desprecio de los unitarios, que jamás lo aceptaron como conductor. El día de su entrada triunfal fue obligado por Brasil a retrasar el desfile para conmemorar Ituzaingó. Aquella humillación lo enfureció. Se presentó con poncho y galera, luciendo la cinta punzó y montando un caballo con marca de Rosas, como si su propia figura delatara una contradicción irresuelta.

Brasil le exigió la Banda Oriental, las Misiones, el reconocimiento del Paraguay y el reintegro de los gastos de guerra. Inglaterra presionó para desmantelar los tratados sostenidos por Rosas. Los unitarios conspiraron de inmediato. Ante eso, el 21 de febrero de 1852 Urquiza restableció el cintillo punzó y denunció a los “salvajes unitarios”, señal inequívoca de que el control político ya se le escapaba.

En privado, su visión era aún más clara. En mayo de 1852 confesó al representante británico Gore:

“Hay un solo hombre para gobernar la Nación Argentina, y es Don Juan Manuel de Rosas. Yo estoy preparado para rogarle que vuelva aquí.”

Ocho años después, en 1858, escribió al propio Rosas reconociendo los servicios extraordinarios que el país le debía y cuya gloria nadie podía arrebatarle. El aislamiento se profundizó. Para los unitarios, Urquiza era un estorbo. Para Brasil, un hombre influenciable. El general brasileño Osorio conocía su punto débil: el amor inmoderado por la fortuna.

En marzo de 1870, un mes antes de morir, Urquiza escribió su confesión final:

“Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del General Rosas.”

Y agregó, anticipando su destino:

“Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que he colocado en el poder.”

El 11 de abril de 1870 ese temor se cumplió con exactitud brutal.

NOTA DE LA REDACCIÓN: Desde Nacionalismo Católico San Juan Bautista no creemos en absoluto en un verdadero arrepentimiento del cipayo Urquiza, quien traicionó a la Confederación no solamente en Caseros, sino también en Pavón y en la Guerra de la Triple Alianza, cuando las montoneras federales -con el Chacho Peñaloza como su principal caudillo-, esperaban su orden para ir a luchar junto a nuestros hermanos paraguayos, orden que nunca llegó porque Urquiza se había vendido nuevamente al Brasil, entregándoles veintidós mil caballos a un precio irrisorio. Hay que tener en cuenta que la Batalla de Pavón, dónde se entrega definitivamente la Argentina a los liberales, fue en 1861, y la Guerra de la Triple Alianza en 1864, es decir, nueve y doce años después de la ignominia de Caseros. Por consiguiente, no damos crédito alguno al supuesto arrepentimiento de Urquiza, cipayo despreciable, nefasto personaje de la historia de nuestro país. Traidor inveterado que habrá tenido, en el mejor de los casos, un atisbo de lucidez acerca de sus abyectas acciones.

LA CONSTITUCIÓN DE 1853: ORGANIZAR PARA DEPENDER

La Constitución que siguió a Caseros no fue la culminación de la soberanía, sino la institucionalización de la derrota. Ríos abiertos, aduanas condicionadas, un país pensado para integrarse al comercio mundial como proveedor de materias primas y no como nación industrial. No organizó la Patria Grande: organizó su subordinación.

LA GUERRA DEL PARAGUAY

Lo que Caseros dejó abierto, la Guerra del Paraguay lo consumó. La destrucción del último Estado verdaderamente autónomo del Plata fue la consecuencia lógica del nuevo orden nacido en 1852. Sin Rosas, sin un poder regional fuerte, sin unidad estratégica, el Paraguay quedó solo frente a la coalición alentada y financiada por intereses extranjeros. Ahí se cerró definitivamente el ciclo iniciado con Caseros.

CONCLUSIÓN

Caseros no fue el nacimiento de la Nación. Fue la derrota del último intento de soberanía real en el Río de la Plata. No es solo pasado. Es la matriz de un país que todavía discute si quiere ser nación o factoría.

Fuente: CASEROS: LA TRAGEDIA MAYOR DE LA PATRIA

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lunes, 5 de enero de 2026

Los Reyes y el Rey - Antonio Caponnetto

 


Los Reyes y el Rey


“La primera acción que muestra la reverencia de los Magos hacia el Niño es la adoración, la segunda es la ofrenda, la tercera la obediencia a la palabra recibida”.

                                          Santo Tomás de Aquino,

                                 Comentario al Evangelio de San Mateo.

 

 

Hay un cuadrante que la estrella alumbra

y en Belén desemboca mansamente,

eran tres peregrinos y un riente

corazón que vencía la penumbra.

 

Las ofrendas no fueron lo primero

esa noche cabal de epifanía,

el incienso su turno aguardaría

con la mirra y el oro advenidero.

 

Al principio fue entrar, ver y postrarse,

trocarse en agasajo personal,

testigos de esa piedra primordial

y en la Casa del Pan anonadarse.

 

“Es Tu mano que todo lo engrandece”,

rezaron con Miqueas, el profeta,

después la tierra se volvió glorieta:

Es el Rey el que todo lo embellece.

 

Una alegría nueva han conocido,

los pastores, boyeros o rebaños,

un jubileo que, en los aledaños,

entonó el canto etéreo y bendecido.

 

Señor, hiciste grande el aleluya,

lo anticipó la boca de Isaías

y dichoso de aquél, dirá Tobías,

que en Tu paz su camino reconstruya.

 

Esos Magos, Jesús, son las primicias

de las naciones que de lejos llegan,

Te adoran, Te obedecen, se Te entregan.

y Tú, el Encontradizo, las auspicias.

 

¡Ay de ti, Nazareth! ¡Ay pago nuestro!

sin Magos, sin lucero, sin pesebre,

sin capellán que al Buen Amor celebre

y clavada de espinas un cabestro.

 

“Vendrán a ti de lejos, numerosos”

los pueblos de los que eres el presagio,

la Barca saldrá a flote en el naufragio

de los amotinados alevosos.

 

Los Herodes te buscan, su apariencia

más que regia semeja a los lacayos.

Prometemos, Señor, ser tus vasallos:

adoración, ofrenda y obediencia.


Por Antonio Caponnetto

 

 

 

viernes, 2 de enero de 2026

Cuarto Misterio Gozoso - P. Leonardo Castellani

 


A los 40 días de nacido Jesús, subió la que ya era la “Sagrada Familia" de Belén a Jerusalén, a cumplir en el Templo la ceremonia de la Presentación y la Purificación. Según la ley de Moisés todo hijo primero debía ser entregado a Dios; y después rescatado por sus padres con cinco monedas de cobre llamadas "ciclos" o círculos; y toda mujer que había dado a luz debía ir a recibir una bendición del sacerdote y ofrecer a Dios un sacrificio de un cordero y una paloma; o de dos palomas si era pobre. María Purísima no necesitaba ser purificada, y este Primogénito, que era Dios, no necesitaba ser entregado a Dios; pero los ritos fueron observados, y allí sucedió otra de las "explosiones” religiosas que dijimos: un anciano llamado Simeón y una anciana llamada Ana Ben Fanuel reconocieron por revelación al Salvador de Israel; y no solamente prorrumpieron en alabanzas a Dios, sino que hicieron correr la gran noticia o "buena-nueva", contándola a muchos otros.

Puede ser que Simón haya sido el sacerdote que "tomando al Niño en brazos" lo levantó al cielo ofreciéndolo a Dios, como lo han figurado los pintores cristianos. Era un varón justo y piadoso a quien el Espíritu había revelado no moriría sin ver antes al Ungido del Señor; y el mismo Espíritu de Dios lo llevó al Templo y se lo mostró; por lo cual lleno de gozo alabó a Dios improvisando el siguiente cántico:

Ahora Señor te llevas a tu siervo en paz

Según tu promesa

Porque ya han mirado mis ojos

Al Salud-Dador tuyo

Que nos diste ante la faz

De todos los pueblos

Luz que ilumine a tos Gentiles

Y gloria de Israel tu pueblo.

Y volviéndose a la Virgen María profetizó diciendo:

Mira, este ha sido puesto

Para tropiezo de muchos

Y resurrección de muchos

Y para blanco de contradicción

En Israel

Una espada traspasará tu alma

Y serán descubiertos tos secretos

De muchos corazones.

Siete espadas halló el pueblo cristiano que fueron, en la invocación de la Virgen de los Dolores; que los ingleses llaman Nuestra Señora de las Siete Espadas.

En ese momento estaba allí Ana hija de Fanuel que tenía 84 años y había vivido viuda cerca de 60 años, sirviendo a Dios “en ayunos y oraciones" y sirviendo en el Templo " de donde no salía' dice san Lucas. Sirviendo ¿de qué? ¿De estorbo? Porque para vestir santos no era el caso, pues los judíos no tenían imágenes de santos ni vestidas ni no vestidas; al contrario, las tenían prohibidísimas. Lo probable es que enseñara el Catecismo, es decir, la Biblia; como indica ese nombre de “ profetisa” ; lo cual se puede hacer incluso a los 84 años; pues la educación judía consistía entonces en aprender de memoria los "recitados” de la Biblia, o algunos dellos; y después escuchar las explicaciones de los "rabinos" o doctores; como veremos en el 5º Misterio.

El santo viejo Simeón dijo que Cristo venía para ser luz, revelación y gloria "de todos los pueblos", no solamente de los Judíos sino también de los Gentiles; e incluso puso a los Gentiles por delante; como san Mateo, que era judio, cuenta la adoración de los Reyes Magos, en tanto que san Lucas, que era gentil, cuenta a su vez la adoración de los pastores judíos. Esta era una verdad dura para los judíos, los cuales querían la prerrogativa y como si dijéramos el monopolio de la Salvación; a pesar de que todos los profetas, encabezados por Isaías, habían pregonado esta misma verdad. Tan duro les era a los judíos esto de que los mismos "gohim" iban a entrar en el Reino de Dios, que aún después de la muerte y resurrección de Cristo; y de su mandato de “id y enseñad a todas tas gentes”, hubo dificultades; y fue necesario a san Pedro mismo tener un sueño o visión que se lo mandara, para que se decidiera ir a Joppe a bautizar a un militar romano con toda su familia; olvidado ya quizás de que el mismo Cristo había elogiado al Centurión romano de Cafarnaúm, diciendo: "De verdad os digo que entre vosotros no he encontrado tanta fe como en este gentil; de verdad os digo que muchos vendrán del Oriente y del Occidente y se sentarán en el Reino de Dios con Abrahán, Isaac y Jacob; y muchos ahora hijos del Reino, serán arrojados fuera".

Nosotros que somos hijos de la Gentilidad hemos sido recibidos felizmente en la fe y en la Iglesia de Cristo; y los hebreos que rechazaron al Mesías Jesús fueron arrojados fuera; ¡y de qué manera! ¡Y por cuánto tiempo! Pero nosotros también si somos infieles, seremos arrojados fuera; y está escrito que algún día los judíos volverán a entrar; porque para Dios lo mismo es Pedro que Juan; y la salvación eterna no depende de la sangre ni de la raza, sino de la buena voluntad del hombre.

Cristo fue realmente como dice Simeón, un estandarte, un signo de lucha; y por él se revelan los secretos del corazón de muchos; porque lo que es cada hombre por dentro, se manifiesta en la posición que toma con respecto a Cristo y su doctrina. De modo que aunque El ha venido.

no para mal de ninguno

sino para bien de todos

en cuanto es de su parte, de hecho ha venido también para tropiezo y ruina de algunos —por culpa delios.

El Evangelio no tiene pelos en la lengua, ni la menor sensiblería o blandenguería. "Dichoso el que no tropieza en mi' — dirá más tarde Cristo. El no atropella a nadie; pero el que se encuentra con él, o lo acepta o tropieza. ¿Y el que no lo encuentra? Todo hombre con uso de razón lo encuentra de algún modo y en algún momento de su vida.

Y su padre y su madre escuchaban con admiración las cosas que de Él se decían”. Su padre nominal y su madre natural eran grandes santos, pero no eran dioses; y la revelación de los misterios de Dios se hacía en ellos como en nosotros, progresivamente y con gran asombro.


                        DE NUESTRA SEÑORA

Pues que tú, Reina del cielo,

tanto vales,

da remedio a nuestros males.

Tú, que reinas con el Rey

d’aquel reino celestial,

tú, lumbre de nuestra ley,

luz del linaje humanal;

pues para quitar el mal

tanto vales,

da remedio a nuestros males.

Tú, Virgen, que mereciste

ser Madre de tal Señor,

tú, que cuando lo pariste

lo pariste sin dolor;

pues con nuestro Salvador

tanto vales,

da remedio a nuestros males.

Tú, que del parto quedaste

tan virgen como primero,

tú, Virgen, que te empreñaste

siendo virgen por entero,

pues que con Dios verdadero

tanto vales,

da remedio a nuestros males.

Tú, que lo que perdió Eva

cobraste por quien tú eres,

tú, que nos diste la nueva

de perdurables placeres;

tú, bendita en las mujeres,

si nos vales

darás fin a nuestros males.

Tú, que te dicen bendita

todas las generaciones;

tú, que estás por tal escrita

entre todas las naciones;

pues en las tribulaciones

tanto vales,

da remedia a nuestros males.

Tú, que tienes por oficio

consolar desconsolados;

tú, que gastas tu ejercicio

en librarnos de pecados;

tú, que guías los errados

e los vales

da remedio a nuestros males.

Tú, que tenemos por fe

ser de tanta perfección,

que nunca será ni fue

otra de tu condición;

pues para la salvación

tanto vales

da remedio a nuestras males.

¿Quién podrá tanto alabarte

según es tu merecer?

¿Quién sabrá tan bien, loarte

que no le falte saber?

Pues que para nos valer

tanto vales,

da remedio a nuestros males.

¡Oh madre de Dios y hombre

¡Oh concierto de concordia!

Tú, que tienes por renombre

Madre de Misericordia;

pues para quitar discordia

tanto vales,

da remedio a nuestros males.

Tú, que por gran humildad

fuiste tan alto ensalzada,

que a par de la Trinidad

tú sola estás asentada;

y pues tú. Reina sagrada,

tanto vales,

da remedio a nuestros males.

Tú que estabas ya criada

cuando el mundo se crió;

tú, que estabas bien guardada

para quien de tí nació:

pues por ti nos redimió,

si nos vales

fenecerán nuestros males.

Tú, que eres flor de las flores;

tú, que del cielo eres puerta;

tú, que eres olor de olores;

tú, que das gloria muy cierta,

si de la muerte muy muerta

no nos vales,

no hay remedio en nuestros males.

 

JUAN DEL ENCINA

(Español - Siglo XV)


El Rosal de Nuestra Señora – P. Leonardo Castellani E. Epheta – Bs. As. 1979




viernes, 5 de diciembre de 2025

León XIV refutado por León XIII - Por Alejandro Sosa Laprida

 

 “La Iglesia católica siempre ha defendido la libertad religiosa para todos” - León XIV, 10/10/2025.[1]

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En un discurso dado en el Vaticano hace pocos días León XIV no sólo hizo la apología de la falsa doctrina conciliar sobre la “libertad religiosa”, sino que, además, se atrevió a sostener sin ruborizarse que ésa ha sido desde siempre la enseñanza de la Iglesia:

“Todo ser humano lleva en su corazón un profundo deseo de verdad, de significado y de comunión con los demás y con Dios. Este anhelo nace de lo más profundo de nuestro ser. Por esta razón, el derecho a la libertad religiosa no es opcional, sino esencial. Arraigada en la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios y dotada de razón y libre albedrío, la libertad religiosa permite a los individuos y a las comunidades buscar la verdad, vivirla libremente y dar testimonio de ella abiertamente. Es, por lo tanto, una piedra angular de cualquier sociedad justa, ya que protege el espacio moral en el que se puede formar y ejercer la conciencia.

La libertad religiosa, por tanto, no es meramente un derecho jurídico o un privilegio que nos conceden los gobiernos; es una condición fundacional que hace posible la auténtica reconciliación. Cuando se niega esta libertad, se priva al ser humano de la capacidad de responder libremente a la llamada de la verdad. Lo que sigue es una lenta desintegración de los lazos éticos y espirituales que sostienen a las comunidades; la confianza da paso al miedo, la sospecha sustituye al diálogo y la opresión genera violencia. De hecho, como observó mi venerable predecesor, «no es posible la paz donde no hay libertad religiosa, donde no hay libertad de pensamiento y de expresión, y respeto a las opiniones ajenas» (Francisco, Mensaje Urbi et Orbi, 20 de abril de 2025).

Por esta razón, la Iglesia católica siempre ha defendido la libertad religiosa para todos. El Concilio Vaticano II, en Dignitatis humanae, afirmó que este derecho debe ser reconocido en la vida jurídica e institucional de cada nación (cf. Dignitatis humanae, 7 de diciembre de 1965, n. 4). La defensa de la libertad religiosa, por lo tanto, no puede permanecer en lo abstracto; debe vivirse, protegerse y promoverse en la vida cotidiana de las personas y las comunidades.”

Ya que el Cardenal Prevost escogió su nombre pontifical de León XIV en honor de su insigne predecesor León XIII, veamos lo que enseña sobre el asunto este Papa decimonónico en su encíclica Libertas[2], del año 1888:

“15. (…) examinemos, en relación con los particulares, esa libertad tan contraria a la virtud de la religión, la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. Esta tesis es contraria a la verdad. Porque de todas las obligaciones del hombre, la mayor y más sagrada es, sin duda alguna, la que nos manda dar a Dios el culto de la religión y de la piedad. Este deber es la consecuencia necesaria de nuestra perpetua dependencia de Dios, de nuestro gobierno por Dios y de nuestro origen primero y fin supremo, que es Dios. Hay que añadir, además, que sin la virtud de la religión no es posible virtud auténtica alguna, porque la virtud moral es aquella virtud cuyos actos tienen por objeto todo lo que nos lleva a Dios, considerado como supremo y último bien del hombre; y por esto, la religión, cuyo oficio es realizar todo lo que tiene por fin directo e inmediato el honor de Dios, es la reina y la regla a la vez de todas las virtudes. Y si se pregunta cuál es la religión que hay que seguir entre tantas religiones opuestas entre sí, la respuesta la dan al unísono la razón y naturaleza: la religión que Dios ha mandado, y que es fácilmente reconocible por medio de ciertas notas exteriores con las que la divina Providencia ha querido distinguirla, para evitar un error, que, en asunto de tanta trascendencia, implicaría desastrosas consecuencias. Por esto, conceder al hombre esta libertad de cultos de que estamos hablando equivale a concederle el derecho de desnaturalizar impunemente una obligación santísima y de ser infiel a ella, abandonando el bien para entregarse al mal.

16. (…) esta libertad de cultos pretende que el Estado no rinda a Dios culto alguno o no autorice culto público alguno, que ningún culto sea preferido a otro, que todos gocen de los mismos derechos y que el pueblo no signifique nada cuando profesa la religión católica. Para que estas pretensiones fuesen acertadas haría falta que los deberes del Estado para con Dios fuesen nulos o pudieran al menos ser quebrantados impunemente por el Estado. Ambos supuestos son falsos. Porque nadie puede dudar que la existencia de la sociedad civil es obra de la voluntad de Dios, ya se considere esta sociedad en sus miembros, ya en su forma, que es la autoridad; ya en su causa, ya en los copiosos beneficios que proporciona al hombre. Es Dios quien ha hecho al hombre sociable y quien le ha colocado en medio de sus semejantes, para que las exigencias naturales que él por sí solo no puede colmar las vea satisfechas dentro de la sociedad. Por esto es necesario que el Estado, por el mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio. La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como grabados los caracteres distintivos de la verdad. Esta es la religión que deben conservar y proteger los gobernantes, si quieren atender con prudente utilidad, como es su obligación, a la comunidad política. (…)

17. (…) la libertad de cultos es muy perjudicial para la libertad verdadera, tanto de los gobernantes como de los gobernados. La religión [Se refiere al catolicismo], en cambio, es sumamente provechosa para esa libertad, porque coloca en Dios el origen primero del poder e impone con la máxima autoridad a los gobernantes la obligación de no olvidar sus deberes, de no mandar con injusticia o dureza y de gobernar a los pueblos con benignidad y con un amor casi paterno. (…)

18. (…) las opiniones falsas, máxima dolencia mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad. Los errores de los intelectuales depravados ejercen sobre las masas una verdadera tiranía y deben ser reprimidos por la ley con la misma energía que otro cualquier delito inferido con violencia a los débiles. Esta represión es aún más necesaria, porque la inmensa mayoría de los ciudadanos no puede en modo alguno, o a lo sumo con mucha dificultad, prevenirse contra los artificios del estilo y las sutilezas de la dialéctica, sobre todo cuando éstas y aquéllos son utilizados para halagar las pasiones. Si se concede a todos una licencia ilimitada en el hablar y en el escribir, nada quedará ya sagrado e inviolable. Ni siquiera serán exceptuadas esas primeras verdades, esos principios naturales que constituyen el más noble patrimonio común de toda la humanidad. Se oscurece así poco a poco la verdad con las tinieblas y, como muchas veces sucede, se hace dueña del campo una numerosa plaga de perniciosos errores. (…)

23. (...) Sin embargo, no se opone la Iglesia a la tolerancia por parte de los poderes públicos de algunas situaciones contrarias a la verdad y a la justicia para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien. Dios mismo, en su providencia, aun siendo infinitamente bueno y todopoderoso, permite, sin embargo, la existencia de algunos males en el mundo, en parte para que no se impidan mayores bienes y en parte para que no se sigan mayores males.”

Continuamos exponiendo el magisterio pontificio de León XIII, esta vez, tomado de su encíclica Inmortale Dei[3], del año 1885:

“3. (…) es evidente que el Estado tiene el deber de cumplir por medio del culto público las numerosas e importantes obligaciones que lo unen con Dios. La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de El dependemos, y porque, habiendo salido de Él, a El hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil. Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes. Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere. Es, por tanto, obligación grave de las autoridades honrar el santo nombre de Dios. Entre sus principales obligaciones deben colocar la obligación de favorecer la religión, defenderla con eficacia, ponerla bajo el amparo de las leyes, no legislar nada que sea contrario a la incolumidad de aquélla. Obligación debida por los gobernantes también a sus ciudadanos. Porque todos los hombres hemos nacido y hemos sido criados para alcanzar un fin último y supremo, al que debemos referir todos nuestros propósitos, y que colocado en el cielo, más allá de la frágil brevedad de esta vida. Si, pues, de este sumo bien depende la felicidad perfecta y total de los hombres, la consecuencia es clara: la consecución de este bien importa tanto a cada uno de los ciudadanos que no hay ni puede haber otro asunto más importante.

10. (…) Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda seguridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará públicamente religión alguna, ni deberá buscar entre tantas religiones la única verdadera, ni elegirá una de ellas ni la favorecerá principalmente, sino que concederá igualdad de derechos a todas las religiones, con tal que la disciplina del Estado no quede por ellas perjudicada. Se sigue también de estos principios que en materia religiosa todo queda al arbitrio de los particulares y que es lícito a cada individuo seguir la religión que prefiera o rechazarlas todas si ninguna le agrada. De aquí nacen una libertad ilimitada de conciencia, una libertad absoluta de cultos, una libertad total de pensamiento y una libertad desmedida de expresión.

15. (…) la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se abraza a él, ni la inteligencia ni la voluntad alcanzan su perfección; por el contrario, abdican de su dignidad natural y quedan corrompidas. Por consiguiente, no es lícito publicar y exponer a la vista de los hombres lo que es contrario a la virtud y a la verdad, y es mucho menos lícito favorecer y amparar esas publicaciones y exposiciones con la tutela de las leyes. No hay más que un camino para llegar al cielo, al que todos tendemos: la vida virtuosa. Por lo cual se aparta de la norma enseñada por la naturaleza todo Estado que permite una libertad de pensamiento y de acción que con sus excesos pueda extraviar impunemente a las inteligencias de la verdad y a las almas de la virtud.

18. (…) si bien la Iglesia juzga ilícito que las diversas clases de culto divino gocen del mismo derecho que tiene la religión verdadera, no por esto, sin embargo, condena a los gobernantes que para conseguir un bien importante o para evitar un grave mal toleran pacientemente en la práctica la existencia de dichos cultos en el Estado. (…)”

Por último, transcribiré algunos pasajes de la encíclica Humanum Genus[4], del año 1884:

“10. (…) Hace mucho tiempo que se trabaja tenazmente para anular todo posible influjo del Magisterio y de la autoridad de la Iglesia en el Estado. Con este fin hablan públicamente y defienden la separación total de la Iglesia y del Estado. Excluyen así de la legislación y de la administración pública el influjo saludable de la religión católica. De lo cual se sigue la tesis de que la constitución total del Estado debe establecerse al margen de las enseñanzas y de los preceptos de la Iglesia. (…) al abrir los brazos a todos los procedentes de cualquier credo religioso, logra, de hecho, la propagación del gran error de los tiempos actuales: el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos. Conducta muy acertada para arruinar todas las religiones, singularmente la Católica, que, como única verdadera, no puede ser igualada a las demás sin suma injusticia.

15. (…) Es necesario, además, que el Estado sea ateo [Es decir, “laico”, no confesional]. No hay razón para anteponer una religión a otra entre las varias que existen. Todas deben ser consideradas por igual. [Proposición condenada]

17. (…) así como la misma naturaleza enseña a cada hombre en particular a rendir piadosa y santamente culto a Dios, por recibir de Él la vida y los bienes que la acompañan, de la misma manera y por idéntica causa incumbe este deber a los pueblos y a los Estados. Y los que quieren liberar al Estado de todo deber religioso, proceden no sólo contra todo derecho, sino además con una absurda ignorancia.”

En definitiva, la enseñanza de la Iglesia es que sólo existe el derecho a la “libertad religiosa” de la religión verdadera, y el poder civil debe ocasionalmente tolerar los falsos cultos cuando las circunstancias prudenciales así lo requieran, para evitar males mayores a la sociedad, como podría ser la pérdida de la paz civil. El Estado, por su parte, como toda creatura dependiente de su Creador en el ser y el obrar, está obligado a profesar la religión verdadera, es decir que la sociedad civil políticamente organizada tiene el deber ante Dios de ser confesional, respetando la enseñanza de la Iglesia en sus actos de gobierno e impidiendo -en la medida de sus posibilidades-, la difusión de las perniciosas doctrinas pregonadas por las falsas religiones.

Como es bien sabido, esta doctrina tradicional ya no tiene vigor desde el CVII: las reuniones interreligiosas organizadas regularmente por el Vaticano, al igual que los nuevos concordatos celebrados por la Santa Sede con los países católicos -antiguamente confesionales y ahora “laicos”-, dan prueba de esta anomalía jurídica y doctrinal, que se sitúa en las antípodas del catolicismo.

ANEXO 1

In Unitate Fidei o la unidad al precio de la verdad[5]

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Mil setecientos años después de que el Concilio de Nicea adoptara la línea dura (anatema y exilio) contra la herejía, León XIV[6] decidió celebrar el aniversario con una carta apostólica: In unitate fidei.[7] La fecha es deliberada: 23 de noviembre, Cristo Rey. En vísperas de un triunfal peregrinaje ecuménico que llevará al Papa a Turquía, al lugar donde los 318 Padres se reunieron bajo Constantino y adoptaron el término homoousios (μοούσιος), de la misma sustancia, concepto clave de la teología cristiana para describir la relación entre Dios Padre y el Hijo, en contraste con la herejía arriana, según la cual el Hijo es de una sustancia inferior y sólo semejante al Padre.

A primera vista, la carta parece el tipo de documento que un católico tradicional podría aplaudir. León elogia el Credo, cita sus frases, evoca la crisis arriana y reivindica el término “consustancial” en vez de esconderse detrás de una cristología vaga y modernista. Además cita a Atanasio, habla de divinización, nos recuerda que sólo un Cristo verdaderamente divino puede vencer a la muerte y salvarnos.

Si leyéramos sólo los párrafos del dos al ocho, casi podríamos olvidar en qué siglo estamos. Pero no estamos en el 325, y León no es Atanasio. Si en la primera mitad suena católico, en la segunda la carta habla como la Comisión Teológica Internacional: Nicea como fundamento de un nuevo proceso ecuménico abierto, donde “lo que nos une es más grande que lo que nos divide” y donde las antiguas disputas doctrinales pierden silenciosamente su “razón de ser”. Después de que Nicea expulsara a los arrianos de la Iglesia, ahora se pide acoger a todos sin hacer demasiadas preguntas.

Del credo a la marca ecuménica

Luego de reafirmar la estructura doctrinal católica, León introduce el verdadero programa, pasando de la batalla de Nicea contra el arrianismo al “valor ecuménico” que el Credo tendría hoy. Nos recuerda que el Credo niceno-constantinopolitano es profesado en las liturgias ortodoxas y en muchos cultos protestantes. Celebra el hecho de que se haya convertido en un “vínculo de unidad entre Oriente y Occidente” y más tarde en un patrimonio común de “todas las tradiciones cristianas”. Lo define como un modelo de “unidad en la legítima diversidad”, y usa la Trinidad como analogía: la unidad sin diversidad se vuelve tiranía; la diversidad sin unidad, fragmentación.

En otras palabras, el Credo deja de ser el símbolo católico de la fe, custodiado por Roma y recibido por sus hijos, para convertirse en una especie de logo compartido del cristianismo mundial. El énfasis se desliza sutilmente de la pregunta “¿qué es verdad?” a “¿qué podemos decir todos juntos?”. El texto queda así forzado a sostener sistemas incompatibles: la eclesiología sacramental católica, la teoría protestante de la Iglesia invisible, el rechazo ortodoxo de la jurisdicción papal universal. Cada uno mantiene su postura.

León cita Ut unum sint de Juan Pablo II y alaba el “movimiento ecuménico” de los últimos sesenta años. Nos asegura que ahora reconocemos a los miembros de otras Iglesias y comunidades como hermanos y hermanas en Cristo y que juntos formamos una única comunidad universal de discípulos. La plena unidad visible no se alcanzó todavía, pero lo que nos une es más grande que lo que nos divide. Repite el concepto como si la repetición pudiera volverlo menos frágil.

La imagen es sencilla: Nicea como el fuego común alrededor del cual todos los bautizados pueden reunirse, cada uno con su acento teológico, todos calentados por las mismas llamas. El problema es que Nicea no reunió a todos alrededor de un fuego. Nicea desenvainó la espada.

“Controversias que han perdido su razón de ser”

León afirma que debemos “dejar atrás las controversias teológicas que han perdido su razón de ser” para llegar a una comprensión común y, más aún, a una oración común al Espíritu Santo. No especifica a qué controversias se refiere. Simplemente nos asegura que algunas batallas dogmáticas ya no deben mantenernos separados. Y es en estas afirmaciones donde un católico formado por Pío XI y Pío XII ya no puede reconocerse.

¿Qué controversias exactamente habrían perdido su razón de ser? ¿Quizá la cláusula Filioque, mencionada en nota como “objeto del diálogo ortodoxo-católico”? ¿El alcance de la jurisdicción papal? ¿Los dogmas marianos rechazados por los protestantes? ¿La indisolubilidad del matrimonio? ¿La doctrina de la justificación definida en Trento?

Durante siglos, la Iglesia insistió en que la unidad requería la profesión común de todas estas verdades. Pío XI escribió en Mortalium animos que existe un solo modo de promover la unidad de los cristianos: el retorno de los hermanos separados a la única verdadera Iglesia de Cristo. Pío XII, en Mystici Corporis, enseñó que quienes están divididos en la fe y el gobierno no pueden vivir en la unidad del Cuerpo de Cristo. Las cuestiones doctrinales que dividían a católicos y no católicos no eran capítulos optativos para revisar después; eran parte del depósito de la fe.

Ahora León habla de controversias que ya no justifican la división. Habla de conversión recíproca, como si la Iglesia católica y quienes rechazan su magisterio estuvieran todos “en camino” hacia una unidad futura aún por definir. Habla del Espíritu que nos guía juntos a descubrir una fe común más rica, sin decir nunca que el camino de regreso a la unidad pasa por la sumisión al primado romano y la aceptación del dogma católico. Nicea definió que el Hijo es consustancial al Padre y luego anatematizó a quien sostuviera lo contrario. León cita la definición y entierra su lógica. El Credo se conserva; las consecuencias se silencian.

San Atanasio o el espíritu del diálogo

A Atanasio podrías decirle que León lo elogia llamándolo por su nombre, recordando sus heroicos exilios y definiendo su fe como “inquebrantable y firme”. Podrías mostrarle los pasajes donde León insiste en que sólo un Cristo verdaderamente divino puede divinizar al hombre y vencer a la muerte. Podrías señalarle la bellísima oración al Espíritu Santo del final. Después tendrías que explicarle que, diecisiete siglos más tarde, obispos y teólogos siguen discutiendo si el Hijo procede sólo del Padre o del Padre y del Hijo, y que el obispo de Roma lo llama “tema de diálogo”. Tendrías que explicarle que el primado por el que él luchó ahora se trata como un obstáculo para la unidad, que hay que reformular con cuidado para no ofender a los hermanos separados. Tendrías que explicarle que Roma ahora prefiere hablar de “diversidad legítima” antes que de herejía, de “comunión parcial” antes que de cisma, de “bautismo común” antes que de conversión.

Atanasio no fue exiliado cinco veces para preservar un mínimo común denominador. No soportó presiones imperiales, calumnias y violencias para que los futuros papas pudieran poner su Credo al servicio de un proceso que trata graves divisiones doctrinales como malentendidos históricos a superar mediante un diálogo orante.

La Iglesia que conoció Atanasio creía que el error mataba las almas y que la caridad exigía claridad. La unidad se medía por la sumisión a la fe y al jefe visible que la protegía. El lenguaje ecuménico actual mide la unidad según cuántas veces aparecemos juntos en las fotos y cuán pocas veces mencionamos lo que todavía nos divide.

La carta apostólica elogia a la “juventud nicea” que completó la obra doctrinal del Credo. El tono del documento, sin embargo, es el del adulto sinodal que aprendió a no pronunciar palabras demasiado duras en compañía de otros.

Qué nos dice realmente todo esto sobre Roma

¿Qué debería aprender un católico serio de In unitate fidei? Que la misma Roma que cita el Credo ahora lo usa como una marca ecuménica. El mismo símbolo compuesto para trazar una línea entre verdad y error es reformado como un amplio paraguas que puede proteger sistemas mutuamente excluyentes, con tal de que reciten las mismas palabras. El Concilio que antaño condenó y expulsó a los herejes es invocado ahora para justificar una unidad que se conforma con permanecer incompleta, una comunión que nunca exige a nadie cambiar de idea.

Cuando León habla de la Iglesia, lo hace como el Concilio Vaticano II. En el papel, el Credo es estable; en la práctica, la eclesiología es revisable. La antigua enseñanza sobre quién pertenece verdaderamente a la Iglesia y cómo deben volver los hermanos separados es reemplazada cortésmente por un lenguaje de enriquecimiento recíproco y herencia compartida. Controversias teológicas que antes justificaban una Reforma y un milenio de cisma ahora quedan, de repente, destinadas a ser dejadas de lado.

Si hay una lección que sacar de este aniversario es que la unidad sin verdad es una falsificación. Los 318 Padres de Nicea no se reunieron en concilio para establecer el contenido mínimo necesario para permanecer en comunión con Arrio. Definieron la fe y afrontaron las consecuencias. Si León realmente quisiera celebrar su valentía, debería recuperar su claridad.

Hasta entonces, el Credo niceno-constantinopolitano seguirá siendo el juez del proyecto ecuménico que se pretende construir sobre sus hombros. Las palabras siguen siendo las mismas. La pregunta es si Roma todavía cree en todo lo que ellas implican.

ANEXO 2

Una Caro: ¿En defensa de la monogamia?

Un matrimonio bajo ataque necesitaba la verdad católica, no sentimentalismo[8]

“Tucho” Fernández[9] al presentar la nota vaticana sobre la monogamia

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Una Caro: elogio della monogamia (Una carne: elogio de la monogamia), la Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca[10], difundida por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe con la aprobación del Papa Prevost[11], tiene un alcance amplio pero, como era previsible, sufre de una debilidad típica de todos los textos sinodales modernistas: trata una doctrina antigua, clara y de institución divina como si fuera un tema que necesitara una reinterpretación moderna, en vez de la confirmación de una verdad perenne.

En una época como la nuestra, donde la misma idea de matrimonio se está derrumbando bajo el peso del libertinaje sexual, la ideología de género y la glorificación cultural del no compromiso, un documento vaticano sobre la monogamia tendría que haber tenido la fuerza de un toque de trompeta. Pero la Nota no es nada parecido. Al contrario, Una Caro susurra palabras dulzonas y se pavonea como un dandy. Es una larga, pomposa y muy seria meditación pastoral, por momentos incluso bella, pero que se niega a llamar pecado al pecado, error al error y verdad a la verdad. Lo que la Iglesia necesitaba era un martillo, y en cambio recibió un tímido tap-tap modernista.

Desde los primeros párrafos, cualquier esperanza de que este documento fuera distinto a la ya conocida basura posconciliar se hace trizas. La Nota no empieza por la doctrina, ni por la ley divina, ni mucho menos por la ley natural que sostiene toda la comprensión católica del matrimonio. Empieza, en cambio, con el lenguaje introspectivo y terapéutico típico de los documentos sinodales actuales. El vínculo conyugal, nos dicen, no nace de dos personas “que están una frente a la otra”, sino de dos personas “que están una al lado de la otra”.

La definición misma de unidad monogámica no se formula en términos teológicos o jurídicos, sino con el vocabulario de un consejero matrimonial. No es una elección estilística al azar: revela la óptica con la que el documento aborda el tema. El matrimonio no es ante todo un pacto, un vínculo instituido o una unidad ontológica, sino una “relación”, un “camino compartido” y una “comunión de vida”.

Pero ¿qué podíamos esperar? Después de todo, el documento es obra del cardenal Soft Porn en persona, alias Víctor Manuel “Tucho” Fernández.

Ese lenguaje puede ser inofensivo en un folleto catequístico o en una columna de consejos, pero en una nota doctrinal se vuelve un obstáculo. La Iglesia siempre enseñó que la unidad del matrimonio está fundada en algo mucho más sólido que la cercanía emocional o la experiencia subjetiva. Está fundada en la misma ley divina: “Serán una sola carne”. No “serán emocionalmente resonantes”, no “crecerán en comunión interpersonal”, sino una sola carne. El vínculo unitivo es real, objetivo, irrevocable e independiente de los sentimientos de los esposos. Sin embargo, en toda la Una Caro, la unidad es descripta como un proyecto emocional en desarrollo, un proceso dinámico profundizado a través de la ternura, el diálogo y la entrega mutua. Se pone el acento una y otra vez en la interioridad y la relacionalidad, al punto de que uno se pregunta si los autores recuerdan que el sacramento del matrimonio sigue siendo totalmente real incluso cuando los esposos dejan de “sentirse conectados”.

El empalagoso sentimentalismo se vuelve aún más inquietante cuando la Nota, en el párrafo cinco, anuncia con sorprendente candidez que no va a tratar el tema de la “indisolubilidad” ni de la “fecundidad”. Cuesta creer lo que uno está leyendo. Un documento vaticano sobre la monogamia que explícitamente decide no hablar de los dos pilares que hacen comprensible la monogamia. Sería como publicar un documento sobre la Eucaristía y negarse a hablar de la transubstanciación. Al poner entre paréntesis estos elementos esenciales, la Nota le quita a la monogamia su columna vertebral doctrinal y la deja flotando en el aire.

Uno de los fallos más estridentes aparece cuando la Nota usa, sin ningún espíritu crítico, textos religiosos hindúes como testimonios morales de la monogamia. En un documento de este tipo uno podría esperar observaciones antropológicas, pero no citas directas de escrituras hindúes puestas sin matices al lado del Génesis, como si el Manusmti o el Bhagavatam ocuparan un plano moral comparable.

El documento cita el Manusmti -texto que también consagra “grandes instituciones” como la jerarquía de castas, la impureza ritual y la subordinación despótica de la mujer- como si su afirmación sobre la fidelidad “hasta la muerte” fuera moralmente iluminadora. Luego cita el Bhagavatam y la historia de Ramachandra, que “respetó a una sola mujer toda su vida”, como si esa narración épica reforzara el magisterio católico. Finalmente cita el Thirukkural tamil afirmando que “el amor recíproco es la esencia de la pareja”. Y todo esto con una admiración que hace pensar que en cualquier momento “Tucho” también puede empezar a citar el Kamasutra.

Este no es el método católico. Cuando la Iglesia reconoció ecos de la ley natural en culturas no cristianas, lo hizo siempre con distinción cuidadosa y, diría, con decoro, justamente para no oscurecer la autoridad única de la Revelación divina. Pero Una Caro no se preocupa por nada de eso. Las fuentes paganas se presentan simplemente como “otras perspectivas”, mezcladas retóricamente con la Escritura y los Padres. El efecto no es enriquecimiento, sino un sincretismo nivelador. La Revelación termina pareciendo la versión cristiana de un modelo antropológico universal.

Esto no nace de un ingenuo universalismo teológico. Es un intento deliberado de ubicar al catolicismo dentro de un marco de religiones comparadas, en vez de presentarlo como la única fe verdadera que juzga a todas las demás.

Para empeorar la cosa, la Nota trata las desviaciones morales con una suavidad empalagosa. Cuando menciona el poliamor moderno, lo describe como un “fenómeno cultural”, no como un pecado grave. Cuando habla de la poligamia, la llama una “costumbre de la época”. Cuando analiza las relaciones “multipareja” modernas, las define como “situaciones objetivamente difíciles”. Los profetas bramaban contra el adulterio, Cristo condenó el divorcio, y San Pablo dijo claramente que la fornicación excluye del Reino de Dios. Pero Una Caro prefiere el murmullo dulce de la sensibilidad pastoral justo cuando el mundo, hundido en el pecado sexual, necesita que lo despierten.

Incluso cuando aborda dilemas pastorales concretos -como qué hacer con convertidos polígamos- el documento evita dar a los obispos una guía clara. Se detiene en el “drama” y la “complejidad” de la situación, ofreciendo empatía pero ninguna directiva concreta. Es exactamente esta clase de vaguedad la que llevó a tantos obispos a evitar el liderazgo moral. Cuando Roma balbucea, los pastores inevitablemente callan.

Toda la Nota está empapada de una deriva antropológica: un reemplazo de categorías teológicas por categorías psicológicas. El matrimonio es presentado una y otra vez como un camino interior, un proceso, un diálogo, un crecimiento en la entrega mutua. Esa perspectiva, aunque no falsa en sí misma, oscurece el hecho de que el matrimonio es antes que nada un pacto instituido por Dios y ratificado por los esposos mediante el consentimiento. No es una experiencia subjetiva. Es un vínculo objetivo. Pero Una Caro habla como si la unidad matrimonial creciera o disminuyera según la dinámica interna de la pareja. Esa es antropología de psicología secular moderna, no doctrina católica.

Hay pasajes hermosos, sí. Hay citas de Agustín, Tomás de Aquino, León XIII y Pío XI que recuerdan la fuerza doctrinal de épocas más sólidas. Hay momentos en los que la Nota casi encuentra su equilibrio y dice la verdad con claridad. Pero esos momentos flotan en un mar más amplio de ambigüedad, sentimentalismo y optimismo antropológico. Es evidente que los autores sinodales temían que demasiada claridad doctrinal ofendiera la sensibilidad de su verdadero dios: el hombre contemporáneo.

Lo que la Iglesia necesitaba era una declaración firme recordando:

-que la monogamia es ley de Dios,
-que está arraigada en la naturaleza,
-que fue defendida por Cristo,
-que es esencial para la sociedad,
-y que obliga a todos.

Necesitaba una denuncia contundente de los pecados sexuales que destruyen almas y sociedades. Necesitaba una articulación teológica que devolviera a la procreación y a la indisolubilidad su lugar adecuado. Necesitaba claridad sin excusas. En cambio, recibió un documento lleno de citas, de tono pastoral y amplia retórica, pero pobre en autoridad, juicio y guía. Un texto que se niega a condenar el error, que deja de lado verdades esenciales y que introduce fuentes religiosas ajenas, poetas laicos y filósofos mundanos de manera que oscurecen la unicidad de la Revelación.

Un mundo perverso necesitaba una trompeta de alarma. En su lugar, “Tucho” y su Dicasterio modernista nos regalaron una flautita impotente…

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[1] https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/october/documents/20251010-acs.html - Artículo publicado en mi blog Super Omnia Veritas: https://gloria.tv/post/RpMeiCQTyGJX4iiEmf76jQ2k1 - Para comprender la crisis conciliar recomiendo leer el  siguiente documento: “La religión del hombre. Un testimonio acerca de la crisis eclesial” - https://gloria.tv/post/u8x13tqGCFi727Sfj2J73PtSZ

[6] Sobre Prevost ver: 1. “Francisco nos acompaña desde el Cielo” https://gloria.tv/post/2JPN3gkmHVHaDjokMTx8YKsZm - 2. “La religión del hombre” https://gloria.tv/post/YZZG2utwXrt63iShzzCACGCfv - 3. “La corredención de María” https://gloria.tv/post/X7rdZYfhHJFK1F3Kg3JTNoxyg  - 4. “Marcha LGBT en el Vaticano” https://gloria.tv/post/U7MJEhdXSPgL3HAma6bdXGAbd - 5. “El video del Papa” https://gloria.tv/post/SWa4N4hjJZya2xag3eYbL6jrn - 6. “Prevost y el cambio climático” https://gloria.tv/post/SWa4N4hjJZya2xag3eYbL6jrn - 7. “León XIV refutado por León XIII” https://gloria.tv/post/RpMeiCQTyGJX4iiEmf76jQ2k1 - 8. “Examen de Dilexi Tehttps://gloria.tv/post/okKtzN1oZTS72stx8fcWPjrUs - 9. “Ritual neopagano en el Vaticano” https://gloria.tv/post/3EGW4JYjpTy63mV24WgcGs6o8 - 10. “Prevost y James Martin” https://gloria.tv/post/8uvUdBVXfnbRDRtgLvUFNutQm

[11] Para comprender la crisis conciliar recomiendo leer el  siguiente documento: “La religión del hombre. Un testimonio acerca de la crisis eclesial” - https://gloria.tv/post/u8x13tqGCFi727Sfj2J73PtSZ