DIEZ
OLVIDOS
Aclaración: publiqué
estas líneas –y muchísimas más del mismo tenor- hace más de dos décadas, sin
contar otras muy anteriores. Como hoy, 24 de marzo de 2026, no cesan de
llegarme mensajes referidos al 50 aniversario del último golpe militar, con
pedidos de opinión sobre la materia, me permito reenviarlas sin retoques ni
remozamientos, creyendo que lo esencial sigue vigente. Sepan disculpar los anacronismos
y las referencias circunstanciales que entonces tenían sentido. Insisto: creo
que más allá de las referencias epocales, el mensaje substancial de esta nota
goza de actualidad y puede servir para fijar algunos criterios.
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No pasa día -en rigor, no pasa hora- sin
que desde todos los medios masivos a su disposición, las izquierdas gobernantes
y cogobernantes vuelvan una y otra vez sobre la condena del Proceso y de la
Guerra Antisubversiva. Como tampoco pasa una hora sin que desde alguna
instancia más o menos jurídica, nacional o transnacional se intente o se
ejecute una nueva estrategia para mantener a los presuntos o reales represores
de la guerrilla en permanente estado de acusación. Las respuestas y las
reacciones que se suscitan ante tal estado de cosas están lejos de ser
satisfactorias. Empezando por las respuestas de los jefes castrenses, que han
optado entre entregarse sin combatir, a expensas de su honor, asociarse
vergonzosamente al enemigo sirviéndole de guardia pretoriana, o pronunciar
discursos vergonzosamente pacifistas y autodenigratorios. Sin olvidarnos de las
respuestas de la Jerarquía Eclesiástica, verdadero muestrario de fariseísmo, de
connubio con los terroristas y de ignorancia escandalosa.
El resultado es una confusión tan
multiforme, una mentira tan honda y una falsificación tan sistemática de la
historia, que nos parece oportuno presentar la siguiente enunciación de
olvidos.
1- Se ha olvidado, en primer lugar, la
existencia del Comunismo Internacional, con su secuela de cien millones de
muertos durante el siglo XX. La cifra no es arbitraria, ni retórica ni
antojadiza Es el resultado de un cálculo científico, corroborado tras prolijas
y actualizadas investigaciones de carácter demográfico, en una voluminosa obra
escrita por seis autores insospechados de antimarxismo: El libro negro del
Comunismo, Barcelona, Planeta-Espasa, 1998, en su versión castellana.
Los profesionales de la protesta antigenocida,
tan prontos a blandir cantidades más emblemáticas y falsas que reales, (como
las de los seis millones del Holocausto o la de los treinta mil desaparecidos),
no han dicho una sola palabra a propósito de tan monstruosa constatación. Entre
el 12 y 14 de junio de 2000, en Vilnus, Lituania, tuvo lugar el Primer
Congreso Internacional sobre la Evaluación de los Crímenes del Comunismo
(CIECC), organizado por la Fundación de Investigación de Crímenes Comunistas presidida
por Vytas Miliauskas. No se ha visto ni se verá jamás allí a representante
alguno de las agrupaciones defensoras de los derechos humanos, ni al juez
Garzón y sus múltiples secuaces nativos y foráneos. Con lo que se constata una
vez más -sin que haga falta- que los invocados derechos no son más que un
recurso dialéctico de la Revolución, y que las tales agrupaciones que los
invocan no han nacido sino para custodiar los intereses de la praxis marxista.
Lo cual -pongámosnos de acuerdo- no sería incoherente ni lo más grave si no
mediara el hecho de que los mencionados ideólogos y agitadores insisten en
presentarse como pacíficos ciudadanos preocupados por cualquier atentado de
lesa humanidad.
2.- Se ha olvidado, en segundo lugar, que al
amparo de aquella estructura ideológico-homicida, apareció en la Argentina el
fenómeno del terrorismo marxista, responsable de innúmeros actos delictivos y sanguinarios,
y causa eficiente de la guerra revolucionaria, a la que toda Nación así
agredida está obligada a enfrentar, por lo pronto, con el concurso de sus
Fuerzas Armadas. No fue un hecho aislado, ni eventual ni azaroso, ocurrido en
nuestro país; fue parte de una planificada y cruenta operación extendida
sucesiva y simultáneamente por toda América y por otras regiones del mundo. La
Argentina no vivió una guerra civil. Fue agredida desde las usinas
internacionales del marxismo con el concurso de subversivos vernáculos. Lo
menos que podían hacer las Fuerzas Armadas, y que hoy parece molestarle tanto a
Bendini, era “instrumentar el aparato represivo”. Porque la represión del
terrorismo marxista es una acción legítima y loable.
3- Se ha olvidado, en tercer lugar, que el
susodicho terrorismo no fue sólo ni principalmente físico sino psicológico,
político, económico y moral, buscando como blanco antes las almas que las
armas. El término subversión - hoy olvidado - da una idea exacta, en recta
semántica, de lo que aquella planificada ofensiva comunista quería conseguir y
consiguió. El terrorismo resultó derrotado, pero la subversión campea
victoriosa, gobierna y justifica y legítima ahora a los terroristas. Este
triunfo subversivo, que está instalado en todos los ámbitos, desde el
universitario hasta el eclesiástico, desde el periodístico hasta el
gubernamental, fue consecuencia directa de la imperdonable ceguera e ignorancia
doctrinal de las Fuerzas Armadas, a través de sus sucesivas conducciones,
partícipes todas de la cosmovisión liberal, inmanentista y moderna de la
política. La misma ceguera que mantienen todavía los procesistas o
militaristas, dando el triste espectáculo en sus actos, en sus
declaraciones, y en sus apariciones mediáticas, de una ignorancia político
filosófica lamentable. Prefirieron aquellos uniformados proclamar que los
argentinos eran derechos y humanos -pagando tributo a las categorías mentales
del enemigo- cuando lo que correspondía era saber definirse
contrarrevolucionarios. Prefirieron tener por fin la democracia antes que la
patria. La paradoja es que los titulares de aquellos gobiernos militares,
miopes y cómplices del error, no son enjuiciados ni castigados ni apresados,
como debieran serlo, por causa de esta derrota contra la subversión, sino en
razón de su victoria contra el terrorismo.
4.- Se ha olvidado, en cuarto lugar, que
tanto la subversión como el terrorismo contaron con el apoyo explícito e
intencional de las genéricamente llamadas agrupaciones internacionales de
solidaridad. Principalmente de la célula Madres de Plaza de Mayo, cuyas
integrantes –que manejan ahora hasta el funcionamiento de una “universidad”, y
que han sido criminalmente promovidas, homenajeadas e instaladas en los ámbitos
más altos del poder político- no dejan posibilidad alguna de duda sobre sus
propósitos a favor de la lucha armada. Tampoco esto nos parece incoherente o lo
más grave, sino el hecho de que se pretenda presentar a las Madres como modelos
de la defensa de la vida y de la libertad. Hay que decirlo de una buena vez: Madres,
Abuelas e Hijos son tres agrupaciones terroristas que gozan de impunidad,
de suculentos apoyos económicos procedentes de fundaciones capitalistas, ya norteamericanas,
ya europeas, amén de los subsidios estatales; bien otorgados frontalmente o
bajo la cobertura de indemnizaciones. La alianza capitalismo -comunismo muestra
una vez más su patibulario rostro.
Si las cosas se hubieran hecho
limpiamente, si una inteligencia cristiana hubiera comandado aquellas acciones
bélicas, y una voluntad auténticamente castrense las hubiera consumado, no
habrían existido desaparecidos síno ajusticiados, como consecuencia de una transparente,
pública y responsable acción punitiva. Es posible se dirá, que las Madres de
Plaza de Mayo hubieran existido igual sin desaparecidos, pues su propósito institucional
-quedó después en claro- no era recuperar a los hijos los sino apoyarlos y
encubrirlos, desde la apelación a lo emocional hasta el uso de las armas. Pero
sí quienes libraron la guerra justa contra la subversión se hubieran abstenido
de utilizar algunos de los mismos procedimientos perversos del adversario, su
triunfo moral sobre ellos sería hoy apabullante e incuestionable.
5.-Se ha olvidado, en quinto lugar,
que los soldados argentinos que combatieron en la ciudad o en los montes, bajo
las formas más o menos clásicas de la guerra o las atípicas que el partisanismo
impone, perdiendo por ello sus vidas o arriesgándose a perderlas, merecen la
gratitud y el aplauso, el trato heroico y el reconocimiento de su valor. Ellos
y sus familias vivieron múltiples peripecias y situaciones de riesgo, hasta que
-muchos- cayeron en combate o quedaron gravemente mutilados. Libraron el buen
combate sin ensuciar sus uniformes ni sus conductas. Sus nombres y los de las
batallas en las que actuaron no pueden ser suprimidos de la memoria nacional,
como vilmente viene sucediendo. A la luz de las doctrinas jurídicas
internacionales -vigentes desde 1945 por el triunfo mundial de las izquierdas
con el apoyo del Imperialismo Internacional del Dinero- los crímenes de lesa
humanidad que esas doctrinas así caracterizan, tipifican y definen, se
aplican acabadamente a los actos cometidos por el terrorismo marxista en la
Argentina. Y a la luz del derecho natural y del sentido común, quien libra
batalla contra tamaños agresores del género humano, ha de ser tenido por un
combatiente cabal.
6- Se ha olvidado, en sexto lugar,
que no toda acción represiva es inmoral, y que aún del hecho de una represión
ilícita no se sigue la inocencia de quienes la hayan padecido. Ambas cosas
sucedieron en nuestro país. Hubo una represión del terrorismo perfectamente
legítima y encuadrable dentro de los cánones de la guerra justa. Y hubo una
represión -aconsejada por los eternos asesores de imagen que continuamente
proporciona el poder mundial para estas ocasiones- que violó las normas éticas,
siempre vigentes, aún en tiempos de conflagración, desnaturalizando aquella
contienda y enlodando a quienes la ordenaban. Mas por enorme que resulte el
repudio a aquel modo torcido de reprimir el accionar terrorista, ello no
convierte en inocentes a todos aquellos sobre los cuales se ejecutó, ni en
torturadores a todos aquellos militares que pelearon. Sin mengua de que hayan
podido resultar lesionados algunos inocentes, hubo culpables reprimidos
legítimamente y culpables reprimidos ilegítimamente. Pero lo más penoso, es que
hubo grandes culpables protegidos. Después, y hasta hoy, ocuparían los cargos
más encumbrados del Estado. Muchos altos jefes de las FF.AA. deberían responder
por esta altísima traición a la patria.
7- Se ha olvidado, en séptimo lugar,
que no existió ninguna dictadura militar ni ningún genocidio. Debió existir la
primera -posibilidad prevista en la vida política de una nación y en las formas
gubernamentales de emergencia en tiempos de anarquía- como respuesta necesaria
y oportuna a la situación extraordinaria que se vivía entonces. Contrariamente,
las sucesivas cúpulas castrenses procesistas se declararon en pro de “una
democracia moderna, eficiente y estable’, y se comportaron como una variante
más del Régimen: la del partido militar. Hasta que trasladaron mansamente el
poder al más conocido picapleitos del sanguinario jefe erpiano. La imagen de
Bignone entregando satisfecho el mando a Alfonsín, defensor de Santucho, es el símbolo
más elocuente de la inexistencia de dictadura castrense alguna, y la prueba más
patética de la existencia de una connivencia oprobiosa entre aquellas
mencionadas cúpulas procesistas y los mandos subversivos. También prueba esta
alianza castrense-subversiva, las conductas tránsfugas de Godoy, Bendini y
Schiaffino.
Así como no hubo dictadura no hubo
genocidio, pues muertos por procedimientos lícitos o ilícitos, los guerrilleros
abatidos no fueron perseguidos por cuestiones raciales o étnicas, sino por
constituir un ejército invasor, de raigambre internacionalista, durante una
contienda iniciada formalmente por ellos Todas las comparaciones que se hacen
entre el Proceso y el Nacionalsocialismo, resultan ridículas, falaces,
desproporcionadas y carentes de sustento. Tanto por la falsificación que
comporta de los hechos argentinos corno por la exageración de los hechos
ocurridos en la Alemania del Tercer Reich. La estúpida analogía no es más que
propaganda comunista para consumo de ignorantes y de mendaces.
8.- Se ha olvidado, en octavo lugar,
que no hubo un terrorismo de Estado sino una cobardía de Estado; del Estado
Liberal concretamente, incapaz de hacerse responsable -con nombres y apellidos
al pie de las sentencias- de las sanciones penales públicas más drásticas, perfectamente
aplicables en tiempos de guerra contra un invasor externo con apoyos nativos. Pero
más allá de esta cobardía repudiable, no puede establecerse ninguna simetría
entre el Estado agredido que justamente se defiende y preserva, y la acción
disociadora de las células guerrilleras, que pretendían constituirse en un
Estado dentro del Estado. Hubo acciones represivas del Estado Argentino
perfectamente plausibles, como la intervención militar en Tucumán con el Operativo
Independencia. Y otras medrosas e indignas, según las cuales, la
clandestinidad y la “ofensiva por izquierda” eran preferibles a la reacción
diestra y nítida.
9.- Se ha olvidado, en noveno lugar,
que no existieron campos de concentración ni holocaustos de ninguna especie. En
todo caso, tan mal pudieron pasarla los guerrilleros detenidos como los
secuestrados en las cárceles del pueblo. Los casos de Larrabure e
Ibarzábal seguirán siendo terriblemente paradigmáticos al respecto. La tortura
es un procedimiento inmoral, aunque quepan algunas distinciones casuísticas
sobre la aplicación de los castigos físicos. Mas no existe un determinismo que convierte a todo militar en
un torturador, sino una naturaleza humana caída que puede degradar al hombre,
cualquiera sea el bando al que pertenezca. La dialéctica que hace del militar
un torturador y un secuestrador de criaturas y del guerrillero una víctima
mansa e indefensa, no resiste la menor confrontación con la realidad y es parte
constitutiva de una nueva y grosera leyenda negra. Pero también debe decirse
que no toda medida de contención física de un delincuente es tortura, ni lo es
todo interrogatorio de un culpable, y que resulta una hipocresía inadmisible
escandalizarse por la falta de un trato humano después de habérselo negado a
otros.
10.- Se ha olvidado, en décimo lugar
que no eran alegres utopías las que movilizaban a los cuadros guerrilleros sino
un odio visible sostenido en una ideología intrínsecamente perversa. No eran
tampoco desprotegidos y desguarnecidos corderos, a merced de una jauría
desenfrenada de soldados, sino tropas fríamente adiestradas y entrenadas para
matar y morir. Ninguna inocencia los caracterizaba. Ningún atenuante los
alcanza. Secuestraron y maltrataron a sus víctimas horrorosamente; extorsionaron
y se desempeñaron como victimarios de su propio pueblo; practicaron el sadismo entre
sus mismos compañeros de lucha; tuvieran sus centros clandestinos de detención;
arrojaron a muchos jóvenes y hasta adolescentes al combate, utilizando después
sus muertes como propaganda partidaria y como argumentos sentimentales contra
la represión. Y no se privaron de escudarse en sus propios hijos para propiciar
sus fugas o para cubrirse en las refriegas, dejándolos abandonados en no pocas
ocasiones. Esos hijos por los que hoy se reclama fueron, en algunos casos,
abandonados por sus mismos padres, después de haberlos usado como coartada, tal
como surge con toda claridad de muchas de las actuaciones judiciales
respectivas. No todo hijo de desaparecido fue arrancado de sus padres,
adulterado en su identidad y entregado en tenencia a una familia sustituta.
Muchos fueron abandonados por la pareja de guerrilleros que eventualmente los
tenía consigo o que los había engendrado. Y fueron recogidos, adoptados y
criados con las mejores intenciones por abnegados ciudadanos o por solícitas
familias castrenses.
Queden señalados esquemáticamente
estos olvidos. No son los únicos, sino que conviene recordar en los duros momentos
actuales. Queden señalados, porque recordar es un deber, y olvidar es una
culpa. Queden señalados, porque sin la memoria intacta y alerta no se puede
marchar al combate. Y el combate aún no ha terminado.
Por
Antonio Caponnetto





