
Vi a nuestro Señor bajo la forma de un
pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante,
acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy
pequeñito y que iba creciendo ante mis miradas; pero todo esto era la
irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo
pude mirarla.
La
Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño,
sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que
se movía, y lo oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma,
y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto, y lo tuvo
en sus brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella
con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho.
Vi entonces en torno a los ángeles, en forma
humana, hincándose delante del Niño recién nacido, para adorarlo.
Cuando habría transcurrido una hora desde el
nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el
rostro pegado a la tierra.
Se acercó, prosternándose, lleno de júbilo,
de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretara contra su
corazón el Don sagrado del Altísimo,
se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de
pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del cielo.
María
fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi al, María y a José sentados
en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda
contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús
recién nacido, bello y brillante como un relámpago. "¡Ah, decía yo, este
lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!"
He visto que pusieron al Niño en el pesebre,
arreglado por José con pajas, lindas plantas y una colcha encima. El pesebre
estaba sobre la gamella cavada en la roca, a la derecha de la entrada de la
gruta, que se ensanchaba allí hacia el Mediodía.
Cuando hubieron colocado al Niño en el
pesebre, permanecieron los dos a ambos lados, derramando lágrimas de alegría y
entonando cánticos de alabanza.
José llevó el asiento y el lecho de reposo de
María junto al pesebre. Yo veía a la Virgen, antes y después del nacimiento de
Jesús, arropada en un vestido blanco, que la envolvía por entero. Pude verla
allí durante los primeros días sentada, arrodillada, de pie, recostada o
durmiendo; pero nunca la vi enferma ni fatigada.
ANA CATALINA EMMERICK
– Tomo II “De la Natividad de la Sma. Virgen a la muerte del Patriarca San José”
Ed. Surgite. Págs. 115-116.
Nacionalismo Católico San Juan Bautista
EL ANTICRISTO...EL ANTICRISTO!!!!!
ResponderBorrarURGENTE LEAN!!!!!!
http://naturaboni.blogspot.com.ar/2013/12/sera-verdad.html