Los capítulos de
esta zaga, se transformarían en libro demasiado voluminoso si describiésemos
con todo lujo de detalles, los acontecimientos sucedidos en aquellos días de la
traición del Saboya, a la Gran Alemania aliada, crimen antecedido por la
puñalada trapera al Duce y al gobierno Fascista. Por ello, el grupo de felones
a Italia y a su comunidad organizada, siendo ésta la forma fascista de
denominar al Pueblo, la que no comprendieron, dada su irracionalidad y/o miseria
espiritual.
Existe una ley
histórica, que nos dice, desde siglos remotos que, cuando un grupo anímico
racial alcanza una posición preeminente, debe defenderla con firmeza de acero
porque, de no hacerlo, corre el riesgo del desprestigio universal. Ello fue lo
que aconteció con Italia durante la segunda cincuentena del siglo XX. Una
monarquía, que no pudo volver por falsaria y cobarde, sustituida por una república
con partidos marxistas y “católicos” heréticos corruptos, gobernada por
siniestros asesinos ex terroristas partisanos, (Sandro Pertini Presidente de
Italia es un ejemplo) y mafiosos que mostraron sus llagas, purulentas en la
década de los años ochenta de la veinte centuria que fenecía. Todo este trabajo
se convertiría en un trabajo poco legible si describiésemos todos los acontecimientos
sucedidos en la nación de los Apeninos que había perdido el rumbo y la dignidad
le había restaurado el régimen Fascista desde 1922. Por ello nos limitaremos a
seguir la labor de investigación que para enderezar la situación siguió el Stardantefuhrer
SS Skorzeny.
Hoy sabemos por el
Duce, que durante los 46 días en los cuales estuvo secuestrado, lo fue en 4
lugares diferentes. En primer punto figura Ponza, desde donde fue trasladado a
Spezia, la importante base naval. Desde allí fue llevado a Maddalena en el
norte de Cerdeña y, desde ese lugar en vuelo, directo al Gran Sasso. Este era, y
aún lo es, donde había sido levantado, a dos mil metros de altura en 1936, el
albergue para alpinistas llamado Campo Imperatore, coronado por un Hotel con
cinco pisos de altura, siguiendo las líneas severas de la arquitectura
fascista.
En su libro de 'Memorias',
Skorzeny confiesa que pasó días sin obtener datos positivos que pudieran
orientar la tarea de liberar al Duce. Con respecto al puerto de la Spezia -escribe
Skorzeny- recibimos de pronto una orden del Cuartel General para que preparásemos
todo lo necesario a fin de liberar al Duce del barco de guerra donde se hallaba.
Tal orden hizo que nos rompiésemos la cabeza durante 24 horas. Los altos
dirigentes ordenaban, pero no habían tenido en cuenta que la empresa era muy difícil.
¿Acaso creían que era fácil liberar a un hombre en medio de un puerto de guerra
abarrotado de barcos y fuertemente defendido? Afortunadamente al otro día se
nos informó que Mussolini ya no estaba en la Spezia. “Pasados algunos días,
rumores luego confirmados, situaban al Duce en el fortín de Santa Maddalena enclavado
al norte de la isla de Cerdeña. Acompañado del teniente Warger que hablaba un
italiano perfecto me dirigí al lugar para hacer las averiguaciones necesarias.
Embarqué en un bote –R-destinado a la limpieza de minas… Me oculté entre unos
veleros, para tomar fotografías En las afueras de la pequeña ciudad estaba casa
en cuestión, la ‘Villa Kern…’ Llegados a este punto sólo me quedaba averiguar
la identidad del ‘importante preso’ Fue entonces que entró en acción el
teniente Wager. Lo vestimos de simple marinero… Especulando con el apasionamiento
e indiscreción de los italianos ordené a Wager que se mezclara con el pueblo y
que, si oía que hablaban del Duce debía afirmar que sabía de fuentes
fidedignas, que había muerto de una enfermedad y que, si alguien ponía en duda
sus palabras, debería hacer una apuesta… El, plan dio resultado. Un frutero que
visitaba la ‘Villa’ para abastecerla diariamente fue el as de la apuesta. Ganó
fácilmente el dinero que le ofrecimos y nos prestó un gran servicio. Condujo a
Wager hasta la ‘Villa’ y le mostró la terraza en la que estaba sentado el Duce.
Wager, visitó asiduamente su puesto de observación. Poco a poco fue enterándose
de la forma, en que era defendida la prisión y del número de hombres que
estaban en ella. Llegó el momento de trazar nuestros planes para la liberación
de Mussolini pero necesitaba de un conocimiento más completo de la zona… Los
mapas que me facilitaron no me bastaban y decidí volar sobre mi objetivo, pero
a gran altura pues sabía que el lugar era considerado ‘tabú’ para el vuelo de
cualquier clase de aviones. Quería sacar algunas fotos desde el aire. El miércoles 18 de agosto de 1943 todo estaba
listo… El HE111 que pusieron en el aeropuerto ‘Practica di Mare’ a mi
disposición empezó volando hacia el norte… Regresé al aeropuerto algo más
tranquilo y me preparé para iniciar mi proyectada acción… Nuestro avión estaba punto
y despegamos poco después de la cinco. Ordené volar a 5000 metros de altura ya
que quería inspeccionar el puerto… Estaba sentado ante la ametralladora, con la
cámara fotográfica y el mapa de la zona… Me encontraba absorto contemplando el mar
que tenía una coloración especialmente bella, cuando oí la voz del vigía a
través del altavoz: ¡Alarma no siguen dos aviones! ¡Son cazas ingleses! Nuestro
piloto describió un semicírculo. Yo me apresuré a poner el dedo sobre el botón de
la ametralladora... Pareció que el avión volvía a su anterior ruta, cuando me
di cuenta que estábamos volando en picada. Me volví y contemplé el rostro
angustiado del piloto que hacía ímprobos esfuerzos para que el aparato volviera
a su posición horizontal. Una rápida ojeada me bastó para darme cuenta que el
motor izquierdo no funcionaba. Continuamos descendiendo vertiginosamente... Lo
último que sentí por el altavoz fue: ¡Agarrarse!... Casi inmediatamente
chocamos contra el mar. Debí darme un golpe en la cabeza porque perdí el
conocimiento durante un tiempo. Vi unos puntos luminosos ante mis ojos, y sentí
que alguien tiraba de mi guerrera. Así me encontré en el agua. Nuestro avión se
hundía: la cabina estaba inundada, los cristales habían saltado y el agua
entraba a borbotones… No nos quedaba más remedio que salir del aparato lo antes
posible. Hicimos grandes esfuerzos para abrir el techo del avión… Sacamos al
segundo piloto, aspiré con fuerza y nadé hacia la superficie. Fue en aquel, instante
cuando sucedió una cosa insólita el avión emergió de la profundidad del mar. El
piloto y su camarada abrieron las puertas y vieron acurrucados a los dos
soldados que creíamos ya cadáveres. Estaban ilesos… salieron como pudieron y se
agarraron de las salientes del aparato. Entonces recordé que mis mapas y mi
cámara de fotos estaban dentro del avión. Hice acopio de mis fuerzas, volví a
introducirme y conseguí recuperar mis tesoros. El bote salvavidas flotaba en
las aguas; en él metí mi cámara y la cartera con los mapas... Pasamos una hora
completamente olvidados del mundo. Finalmente vimos que un barco surcaba el
horizonte. Nos apresuramos a disparar el cohete rojo de socorro. El barco dio
la vuelta y echó al mar un bote que no tardó en recuperarnos. Cuando estuvimos
a bordo me di cuenta que nuestro salvador era un crucero italiano. Nos
recibieron con todos los honores… Alrededor de la medianoche desembarcamos en
el puerto de Bonifacio… Era el 20 de agosto, cuando me volví a encontrar con
mis hombres. La tropa estaba radiante de alegría, al volver a encontrar a su
Jefe al que creían muerto.”
A esta altura de
esta nota, el autor desea expresar algunas referencias a determinado personaje
que interrumpiría la preparación que para liberar al Duce estaba plena acción y
en la que, incluso el, General Student participaba con entusiasmo junto a Herr Hauptman
Otto Skorzeny y sus camaradas de combate. El optimismo primaba cuando llegó una
nota del Cuartel General que decía lo siguiente: “Nos han llegado informes
fidedigno -vía Canaris- según los cuales Mussolini se encuentra prisionero en
la isla de Córcega. El jefe Skorzeny debe preparar enseguida su unidad con
paracaidistas paras ser lanzados en la isla…” En las ‘Memorias’ de nuestro Héroe
que, como han comprobado los lectores, estamos siguiendo por su veracidad a
toda prueba, leemos lo que sigue a continuación: “Tanto el teniente Radl como
yo nos encontramos sumidos en un mar de confusiones. Parecía que había sectores
en Italia que poseían datos sumamente exactos.” A renglón seguido escribe Herr Hauptman
Skorzeny: “Transcurridos pocos días recibimos otro informe con el rótulo de ‘Muy
Secreto’ dirigido a los Jefes de unidad que expresaba lo siguiente: ‘El
gobierno de Badoglio nos ha prometido que Italia seguirá combatiendo con todas
su fuerzas con nosotros, incluso dispuesto a hacerlo más intensamente de lo que
lo había hecho el anterior gobierno.’
Leamos otra vez a
Skorzeny para transcribir lo impreso en ‘Vive Peligrosamente’. Aquí está la
opinión del guerrero germano: “Nosotros los que estábamos en Italia opinábamos de
manera diferente. Por ello no pudimos comprender como había llegado el
almirante Canaris a aquellas conclusiones y porque no había esperado antes de
pasar sus informes al Cuartel General del Führer.” Quien escribe esta nota,
desea poner sobre la mesa de estudio, que el almirante Canaris era un sujeto
que durante los años que fue jefe, nada menos que de la Secretaría de Contraespionaje,
hacía un doble juego pasando información al enemigo. Fue confirmado, el relevo
de febrero, por estar implicado en la conjura el mismo año 1944, cuando el
atentado contra el Führer en la jornada del 20 de julio. La investigación comprobó
que el citado Canaris estaba vinculado a los conspiradores y que su vida
sencilla y modesta, escondía a un ser viperino que había causado, infinitos
males. Encarcelado, fue ajusticiado por Traición a la Patria a comienzos de
1945.
Deseábamos poner
en conocimiento de los lectores, el porqué de la confusión que creaba entre los
guerreros las desinformaciones del Iscariote. Pero volvamos al libro de
Skorzeny y leamos. Así estampaba su desconcierto: “La concentración de tropas
italianas (badoglianas) al norte de Roma se estaba realizando desde hacía algún
tiempo, confirmaban nuestras suposiciones, nada agradables. Por tal razón decidimos
evitar convertirnos en victimas de tales falsas informaciones… no estábamos
dispuestos a saltar en el vacío. Entonces el General Student nos ordenó
trasladarnos a Prusia donde estaba la sede del Cuartel General. Viajamos en el
mismo avión que nos había traído a Italia. Se nos introdujo en la misma Sala en
la cual habíamos estado la primera vez. Pero en esta ocasión las sillas y
sillones estaban ocupadas. En esta ocasión tuve la oportunidad de conocer a los
hombres que dirigían los destinos de Alemania. A la izquierda de Adolf Hitler
se sentaba el ministro de Relaciones Exteriores, Von Ribbentrop; a su derecha el
Mariscal de Campo Keitel y el Coronel General Jodl, a cuyo lado me ordenaron que
tomase asiento. Al lado de Ribbentrop estaba Himmler; a continuación, el general
Student y junto a éste el Almirante Donitz. Entre éste y yo, el Mariscal del Reich Goring.
El General Student tomó la palabra para exponer la situación. Cuando terminó su
alocución, todo el mundo me miró en espera que yo hablase. Debo reconocer que
tuve que hacer un gran esfuerzo para dominar mi timidez y hablar ante semejante
auditorio… había llevado conmigo algunas anotaciones, pero en aquel momento me
olvide de ellas. Por tal causa me limité a exponer con toda clase de detalles las
investigaciones llevadas hasta el momento. El Führer se levantó de su asiento y
con gesto espontáneo me tendió la mano diciendo: Creo en sus palabras, sé que
tiene razón. Daré contraorden para que los paracaidistas no sean lanzados en la
isla de Elba. ¿Ha pensado en el modo que se podrá liberar al Duce? Le ruego me
exponga los detalles. Saqué papel, lápiz y desarrollé ante el Jefe Supremo el
plan que había surgido en la mente de Radl y en la mía. Hice constar que
nuestra acción sería secundada por oficiales de la Marina. También expuse que
era indispensable que tanto las baterías pesadas de la Brigada estacionada en
Córcega como las destinadas en el norte de Cerdeña estuviesen a disposición de
protegernos y cubrirnos. Cuando terminé de hablar el Führer tomó, la palabra: Apruebo
su plan. Las unidades que se precisen para desarrollar el accionar serán puestas
a disposición de Herr Hauptman Skorzeny y el General Jodl se ocupará de los
detalles pertinentes. Es preciso -continuó- que mi amigo Mussolini sea
liberado cuanto antes pues, en caso contrario, será puesto en manos del
enemigo. ¡Cuando me despedí de Hitler, éste me apretó la mano con calor! Lo
conseguirá, Skorzeny; ¡confío en usted! Sus palabras eran tan convincentes
que me dejé contagiar por su fe. Había oído hablar mucho sobre la fuerza persuasiva,
casi hipnótica de Adolf Hitler, aquel día tuve ocasión de comprobarlo personalmente.”
“A mi llegada -prosigue
Skorzeny- conté a Radl todos los pormenores de mi reciente visita al Cuartel
General. Incluso le informé que en caso de fracasar sería yo, el único
responsable. En los días siguientes proseguí con mis visitas disfrazadas de marinero
que llevaba ropa sucia en un canasto. Mi observatorio era bueno. Ya conocía la
casa, su estructura y los caminos del jardín. Miré todo detenidamente y me
pareció que no se habían producido cambios. Regresé a la casa de la lavandera. Al entrar me di cuenta que uno de los ‘carabinieri’
que formaba parte de la guardia estaba de visita en la vivienda. Entablé
conversación con él utilizando los servicios de Wager. Hice lo posible para que
la conversación recayera sobre Mussolini... Se animó cuando le dije que sabía
que el Duce había muerto y que mi información era digna de crédito, le insistí
repetidas veces que un médico me había dado toda clase de detalles sobre la
muerte del Caudillo Fascista. El carabinero no pudo contenerse más y exclamó: No,
‘signore’ imposible. He visto al Duce esta mañana. Formé parte de la guardia. Lo
condujimos al avión blanco que despegó con él… ¡Vaya sorpresa! El ‘nido
estaba vacío’. Debíamos apresurarnos a suspender, todos los preparativos… Telefónicamente
me comuniqué con Radl quien me informó que todos los hombres estaban a bordo
del avión y que reinaba un gran entusiasmo… redacta: Le grité: ¡Que desembarquen
rápido sin pérdida de tiempo! Para quien estas líneas había que comenzar todo rápidamente,
porque, para los guerreros no existen las palabras ‘más tarde’. A fines de
agosto, en Venecia, se reunió Canaris con su colega italiano el General Amé. No
pudimos menos que preguntarnos -escribe Skorzeny- ¿Estaba decidido Canaris a
tomar en sus manos las riendas de las acciones alemanas que giraban en torno a
nuestro asunto?”. Quien compila las páginas documentarias y redacta esta nota,
se ve en la obligación moral de contestar afirmativamente a la pregunta del Héroe.
El felón Canaris, a quien ‘más le valiera no haber nacido (Jesús dixit de
Judas)’ creyéndose intocable, seguía tejiendo su trama viperina que finalmente,
lo llevaría a la muerte indigna.
Nuevamente abrimos
el documentado ‘Memorial’. Leamos: “Mi pequeño servicio de información nos
aseguró al cabo de unos días que Benito Mussolini se encontraba en un hotel de
montaña situado en una parte la cumbre del Gran Sasso. A partir de aquel
momento trabajamos febrilmente para recoger, sobre la topografía de aquella
zona todos los datos. No obstante tuvimos que reconocer que los datos eran
insuficientes para una operación militar de tanta importancia Era absolutamente
necesario que pudiésemos contar con fotografías aéreas de toda la zona. El
miércoles 8 de setiembre, el Alto Mando puso a nuestra disposición un avión
dotado de cámara fotográfica automática. En aquel vuelo tan importante fui
acompañado por mi ayudante personal y por un Oficial del Servicio Secreto… tuve
más tarde que trasladarme a Roma para entrevistarme con Oficiales italianos que
planeaban la liberación de Mussolini. Debía conocer sus planes para que no
interfirieran con los míos. Encontré a Radl en la Embajada alemana. Más tarde
me enteré que Eisenhower a las 18:30 del 9 de setiembre, había notificado por
Radio Argel, la capitulación de Italia; él fue el primero en lanzar la noticia
para nosotros de vital importancia. El hecho a que horas después, Badoglio trasmitiera
la noticia a través de todas las emisoras, me daba a entender que los aliados habían
presionado a los iscariotes, por lo menos, en cuanto al tiempo de la difusión
de la noticia. Ese mismo día los fascistas refugiados en Alemania lanzaban una
proclama precedida de las notas del Himno Fascista ‘Giovinezza’. Esas
exhortaciones culminaban con estas frases: ‘¡Italianos! ¡Combatientes! La
traición no se cumplirá. No obedezcáis las falsas órdenes de la traición. No os
entreguéis al enemigo. Negaos a volver las
armas contra vuestros conmilitones alemanes...’ De pronto, inesperadamente
se dio alarma aérea. No tardando mucho
vimos que las bombas enemigas estallaban en las inmediaciones. Nos dimos prisa
en cubrirnos y pensé que mis planes se venían abajo en el último momento. Y
reflexioné: ¿No será locura poner en práctica mi plan en estas circunstancias? Escuché
junto a mí la voz de mi ayudante que me decía: ¡Lo superaremos! Y tal frase
dicha con tanto entusiasmo, hizo renacer mis perdidas esperanzas. El ataque
aéreo terminó luego de media hora. Comprobamos aliviados que las pistas habían
sufrido ligeros daños ¡Dimos gracias a Dios! Corriendo alcanzamos los aparatos. Di orden de subir. Hice la señal convenida
para despegar. El tiempo era el adecuado. Los motores empezaron a rugir rodamos
por la pista y seguidamente nos elevábamos. Entonces precisamente entonces, el piloto
del avión a través del telefonillo de abordo nos dijo: Los aparatos uno y
dos ya no vuelan con nosotros ¿Quién dirige el rumbo a partir de este momento? Sin pérdida de tiempo contesté: Tomaré
personalmente el mando; lo haré hasta que lleguemos al objetivo. Pocos
minutos antes de la hora fijada reconocí el valle que se extendía bajo nosotros.
Comprobé que el batallón de paracaidistas se desplegaba valle arriba y respiré
aliviado al ver que habían alcanzado el, objetivo en el momento, indicado. Ordené
entonces: ¡Ponerse los cascos de aterrizaje; apretadlos fuertemente! Exactamente
debajo vi el Hotel Imperatore, Di una nueva orden ¡Desenganchad la cuerda de
arrastre! De pronto se hizo entre nosotros un silencio. Una nueva sorpresa y
nada agradable acababa de descubrir que ‘mi’ prado de aterrizaje no era llano,
sino empinado., no podía aterrizar en semejantes condiciones; el intento solo
podía ser considerada una locura. Mi piloto el teniente Meier debió, pesar lo
mismo que yo, porque se volvió y me miró. Me rompí el cerebro en busca de una
solución. Tomé la decisión más importante de mi vida y ordené: ¡Preparados
para aterrizar lo más cerca del Hotel!
El piloto no dudó un solo segundo. Bajó el ala izquierda del aparato y
descendimos casi en picada. El bramido del aire se intensificó a medida que nos
acercábamos al objetivo. Un sudor frío me corrió por la espalda. Vi, como el
teniente Meier abría el paracaídas que debía frenar el aterrizaje y de pronto,
topamos brutalmente con la tierra en medio de un ruido ensordecedor. Cerré los
ojos durante un segundo; no estaba en condiciones de pensar. Una última
sacudida, me hizo comprender que habíamos aterrizado. Corrí hacia el Hotel.
Detrás de mí, oía la respiración acelerada de mis ocho hombres de las SS. Tenía
la certeza de haber elegido los mejores de ellos que, amén de estar dispuestos
a secundarme en el accionar comprenderían el más leve gesto que les hiciera. Nos
enfrentamos con los soldados badoglianos que salían al exterior y preparaban dos
ametralladoras ante la entrada, saltamos sobre ellas y las derribamos. Los carabineros
se apretujaron ante la puerta. A culatazos, conseguí entrar. Mis hombres no cesaban
de gritar ¡“Mani in alto”! Todavía no habíamos disparado un solo tiro. Me
encontré en el vestíbulo principal. A la derecha encontré una escalera. La subí
saltando de 3 en 3 escalones hasta que llegué al primer piso. Torcí a la
izquierda y continué por el pasillo. Seguidamente abrí una puerta, ¡la
indicada! Entre en la estancia ocupada por Benito Mussolini ¡La primer parte de
nuestra misión había sido coronada satisfactoriamente! El Duce sano y salvo
estaba en nuestras manos liberadoras. No habían pasado ni cinco minutos desde
que aterrizamos. Pude ver como otros cinco planeadores tomaban tierra sin
novedad. En aquel preciso instante entró mi ayudante en la habitación, lo que
me dio a entender que había logrado abrirse paso. Entró entonces un coronel italiano.
Sostenía entre las manos una botella de vino de marca y me la ofreció al mismo
tiempo, que se inclinaba ante mi diciendo: ¡Al vencedor! Entonces y sólo
entonces estuve en disposición de dirigirme a Mussolini que estaba en un rincón
protegido por el teniente Schwer. Me cuadré ante aquel y le dije: ¡Mi Duce,
el Führer me envía para, libertaros! ¡Sois libre! Mussolini me abrazó y
respondió: ¡Sabía que mi amigo Adolf Hitler no me dejaría abandonado!
Sólo entonces dispuse unos minutos para prestar atención al Duce. Al verle era
fácil darse cuenta que estaba enfermo. Sin embargo, sus grandes y febriles ojos
negros, me hicieron comprender que estaba ante el Hombre más Grande de Italia.
Me traspasaban, parecían, ahondar dentro de mi cuando me hablaba con su
particular vehemencia. Tenía mucho interés de enterarme por él mismo de los pormenores
que pasó como prisionero... Pero sentí pena y quise darle algunas alentadoras
noticias: Nos hemos ocupado, constantemente por su familia, Duce, su esposa
y sus hijos más pequeños han sido internados en su propiedad de ‘Rocca delle
Caminate’ Nos hemos puesto en contacto con su esposa Donna Rachelle. Al mismo tiempo
que nosotros aterrizábamos en este lugar, otro de nuestros comando mandado por
el Capitán Mandel, recibió orden de rescatar a su familia. Estoy seguro que en
estos momentos ya gozan de libertad. El Duce me dio entonces un fuerte
apretón de manos y dijo: Todo está en orden. Agradezco, Herr Hauptman,
Skorzeny sus desvelos. El Duce se dirigió entonces hacia la puerta de Hotel
ataviado con un abrigo negro y cubierta la cabeza con un sombrero del mismo
color. Nuestras tropas lo recibieron con grandes aclamaciones y saludos
romanos. Fue conmovedor lo que su presencia causaba entre nuestros camaradas. Todos,
absolutamente todos, reiteraban y una y otra vez los vítores y manifestaciones
de simpatía. A ellas, se agregaron las de los italianos seguramente, falsos badoglianos,
obligados a ser sus carceleros. El Duce
sonreía, en tanto agradecía y caminaba hacia el aparato que lo aguardaba. La alegría
y la emoción que sentía yo por la liberación de aquel Grande Hombre, junto al
éxito alcanzado con costos bajísimos, eran tan importantes que, Dios me tuvo de
su mano para que no padeciera un problema cardíaco en esos momentos cruciales. Un
romano de la época de Octavio Augusto hubiera expresado paganamente que, la
Fortuna Viril había reinado. El planeador ‘cigüeña’ estaba a punto de despegar en
un corto espacio de terreno. Peligro notorio, que advirtió el Duce,
experimentado piloto y que iba correr junto los capitanes Gerlach y Otto
Skorzeny. Era una aventura al filo mismo de la muerte. Pero nada dijo. El motor
se puso en marcha. Hicimos un último saludo de despedida a los camaradas que
allí quedaban continuando con sus vítores. Agarré –escribe Skorzeny- fuertemente
con ambas manos, dos tubos de acero de la conducción y procuré aumentar el equilibrio
de la máquina… Comenzamos a rodar. A través de las ventanillas de pareció oír
que mis hombres nos alentaban al igual que los italianos. A pesar que la
velocidad iba aumentando y que ya estábamos al final de la improvisada pista, continuábamos
pegados al suelo. Procuré hacer contrapeso con mi cuerpo y aprecié que, en
algunas ocasiones saltábamos sobre algún obstáculo del terreno. Inesperadamente
nuestro ‘pájaro’ alzó ¡Gracias A Dios! Pero… la rueda izquierda del avión dio
contra el suelo, la máquina se inclinó un poco hacia delante y el aparato
empezó a trepidar. Cerré los ojos. Sabía que no podía hacer nada. Contuve la
respiración… El viento ululaba cada vez con más fuerza entorno a nosotros… El
experimentado Gerlach había recuperado el dominio del aparato y lo mantenía en
vuelo horizontal. Volamos a unos escasos 30 metros de la tierra y alcanzamos la
salida del Valle del Arezzano. Los tres estábamos pálidos en extremo, pero
ninguno expresó palabra. Prescindí de toda ceremonia. y puse mi mano en el
hombro de Mussolini, al que acabábamos de salvar por segunda vez… Cuando aterrizamos
en Viena desembarqué para ver si éramos esperados. Efectivamente, Jerarcas del Gobierno, Jefes Militares
y del Parido habían esperado varias horas, hasta el momento en que se corrió la
noticia que un avión, (que no era el nuestro, sino el de la escolta), había
hecho un aterrizaje obligado en aeropuerto cercano. Todos habían salido hacia
allí. Al despejarse la situación, los numerosos altos jerarcas se mostraron encantados
de hallar a nuestro insigne huésped sano y salvo. Confieso que solo respiré
aliviado cuando me vi, libre de la responsabilidad que había pesado sobre mis
hombros. Entonces, y sólo entonces, había vencido las dificultades de tan arduo
como histórico día (12 de setiembre de1943). Ya estábamos instalados en el Hotel
Imperial, el mejor de Viena, cuando sonó la campanilla del teléfono de mi
habitación. Una voz me anunció que el Führer quería hablar conmigo. Cuando me
presenté a través del auricular sentí la voz inconfundible del Caudillo quien
me dijo: ‘Acaba usted de llevar a
cabo felizmente, una hazaña militar que a partir de este momento formará parte
de la Historia, me ha devuelto a mi amigo Mussolini, por lo que en
agradecimiento a sus servicios, lo condecoro con la Cruz de Caballero y lo asciendo a Comandante de las SS. Acepte
usted mis más calurosas felicitaciones’.
Minutos antes de la medianoche, un Coronel Jefe del Estado Mayor de la
zona se hizo anunciar. Entró en mi habitación con aire solemne y se presentó: Herr
Hauptam Skorzeny, me presento a usted, cumpliendo una orden que
me ha trasmitido nuestro Fuhrer. Tengo el encargo, de entregarle la, ‘Cruz de
Hierro’ de Primera Clase. Seguidamente se despojó de su propia condecoración y
me la prendió en mi chaquetilla. Se cumplía lo que Mussolini había expresado cuando
su histórica visita a Berlín, en setiembre de 1937 (Año XV de la Era Fascista).
Así señaló en aquella jornada: ‘Según la Ley del Honor Fascista, cuando se
tiene un Amigo, se sigue con él hasta el final’”
Luis Alfredo Andregnette Capurro
Desde el Real de la Muy Fiel y
Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo
Nacionalismo Católico San Juan Bautista
Pierre-Armand Bouix
ResponderBorrarHace 10 horas
Stephen F. Pinter, abogado del Departamento de la Guerra de los Estados Unidos, que sirvió en Alemania. con las fuerzas de ocupación, por un periodo de seis años, manifestó, en el semanario católico «Our Sunday Visitor», lo siguiente:
«Estuve en Dachau diecisiete meses, después de la guerra, como Fiscal del Departamento de Guerra, y puedo atestiguar que en Dachau no hubieron ni cámaras de Gas ni crematorios. Lo que se mostraba al público como cámaras de gas no era mas que un minúsculo
crematorio para incinerar a personas que morían de enfermedades infecciosas, y
precisamente para evitar la propagación de infecciones, muy especialmente el tifus. Se nos dijo que había una cámara de Gas en Auschwitz. pero Como estaba en la Zona de Ocupación Rusa no pudimos comprobarlo por no habérnoslo permitido las autoridades rusas. Por lo que pude investigar, en mi calidad de Fiscal del Ejército de los Estados Unidos, durante mis seis años de posguerra en Alemania y Austria, hubo un elevado número de judíos que murieron, pero la cifra de un millón, ciertamente, no se alcanzó. Yo interrogué personalmente a miles de judíos, ex– internados en campos de concentración alemanes y me considero tan bien informado como el que más en este sujeto».
«Our Sunday Visitor», 14-VI-1959
https://www.youtube.com/watch?v=vWwxqBRjfog
Pierre-Armand Bouix
ResponderBorrarHace 10 horas
En 1946, el Secretario de Estado del Gobierno «autónomo» de Baviera, Philip
Auerbach, descubrió, en Dachau, una placa en la que podía leerse:
«Esta zona se considerará, desde hoy en adelante, como el altar del sacrificio de
238.000 judíos que aquí fueron asesinados en los hornos crematorios».
Este señor Auerbach, por cierto un judío, de profesión abogado, se especializó en
demandas judiciales al titulado gobierno de Baviera para obtener sumas inmensas de dinero
en concepto de «reparaciones» a los familiares de los judíos gaseados y cremados en
Dachau. Hasta que un buen día se demostró que tales «víctimas» – y, menos aún, sus
«familiares» – no existieron nunca, y que todo no pasaba de ser una burda estafa. Y el señor
Auerbach fue a la cárcel.
Hoy en día, la placa de los «238.000» ha desaparecido, por ser la cifra
manifiestamente imposible y por no haberse podido aún llegar, en Occidente, al
inconmensurable cinismo del Este donde se mantiene todavía el mito de Auschwitz. La
placa ha sido discretamente quitada. Porque tras sucesivas rebajas impuestas por la
Aritmética, se ha llegado a la cifra máxima de 20.600 muertes, la mayoría causadas por el
tifus y la desnutrición en los últimos meses de la guerra.
El Cardenal Faulhaber, Arzobispo Católico de Munich, informó a los americanos
de que, durante los bombardeos aéreos de la capital bávara en Septiembre de 1944 perecieron treinta mil personas. El propio Arzobispo pidió a las autoridades alemanas que incineraran los cuerpos de las víctimas en el crematorio de Dachau. Desgraciadamente, ese plan no pudo llevarse a cabo. El crematorio, que sólo poseía un horno – que se utilizaba para
incinerar a los internados que morían de muerte natural y especialmente de enfermedades
infecciosas – no podía hacerse cargo de aquéllos 30.000 cadáveres, según le informaron a
Su Eminencia las autoridades del campo.
De ello se deduce que todavía menos hubieran podido los nazis incinerar a los
inicialmente pretendidos 238.000 judíos. Disponiendo – como. se ha demostrado – de un
crematorio con un sólo horno, el número máximo de judíos que podían cremar los nazis,
diariamente, era de doce. O sea, 4.480 judíos al año. Con lo que, para cremar en Dachau a
los supuestos 238.000 judíos, hubieran sido precisos setenta y dos años. Es decir, que las
complicadas ejecuciones debieran haber continuado ininterrumpidamente hasta el año 2.013,
suponiendo que, como se dice, empezaran en 1941. Además, y tomando como promedio
2,5 kgs. de cenizas por persona, hubieran debido aparecer nada menos que 595 toneladas de
cenizas. Casi seiscientas toneladas de ceniza, que es una sustancia ligera, de mínima
densidad. Hubieran debido aparecer verdaderas montañas. ¿Dónde están? ¿Cómo no se
fotografiaron esas montañas de ceniza?
Pierre-Armand Bouix
ResponderBorrarHace 10 horas
«El arquitecto Karl Johann Fischer, de Munich. internado por los americanos, después
del final de la guerra, en Dachau, se presentó voluntario para proceder a la limpieza del
crematorio, del que se contaban horrores. Lo que pude ver y constatar sobrepasó mis
previsiones. Aquellos hornos, recientemente construidos, no estaban, siquiera, secos; la
albañileria todavía no había cuajado del todo. Además, todas las partes metálicas estaban
nuevas y no habían conocido jamás el contacto con el fuego. Allí no se hubiera podido asar un
perrito, ni siquiera un volátil, pues aquellos cuatro hornos no reunían las condiciones necesarias para ello. Aquellas construcciones de diletantes, que querían hacer pasar como hornos crematorios, no poseían ni siquiera una chimenea…»
«Deutsche Wochenzeitung», 6-V -1977